Asustada. Eso es lo que estoy, muy asustada, refugiándome en las vidas de otros, personas que no existen pero viven intensamente. Me refugio en sus dolores y en sus miedos para no sentir los míos, para, al mismo tiempo, hacer intensa mi propia vida sin riesgo, para sentir que estoy viva, para sufrir sin tener dolor real, sin debatirme en la maraña de la vida, las opiniones, las intenciones, las necesidades y los tiempos. me tumbo en el sofá y vivo de prestado, porque parece doler menos.
¿Qué me asusta, a qué le tengo tanto miedo como para decidir anestesiarme de este modo? ¿Es miedo al dolor, al fracaso, a no estar a la altura de eso que imagino pero no compruebo? ¿Qué hace que sistemáticamente arrumbe mis planes en un rincón para morir fuera de mí, para dejar pasar el tiempo como los enfermos crónicos enclaustrados en sus camas, como si mi cuerpo y mi cabeza no fueran capaces de nada más? Y parece que no lo son, ni siquiera de lo más sencillo, lo mas rutinario, lo más fácil de llevar a término. Debe haber cosas que yo no sé pero que en el fondo conozco, sabidurías internas que me paralizan porque saben qué viene después del movimiento, que quizá comprenden que una vez me ponga en marcha no podré parar algunas cosas. Y no hablo de las grandes decisiones, de esas que de un plumazo cambian la existencia, dan un giro radical a la vida y te llevan por caminos nuevos y desconocidos, no. Hablo de cosas mucho más pequeñas, de pasitos diminutos, de acciones que pertenecen a lo cotidiano, al trabajo de cada día, a la casa y a los niños, al mantenimiento y la limpieza.
Pero no, sé que detrás de ellos están los otros, los pasos decisivos, no importa que intente esconderme de lo importante detrás de las pequeñas cosas, no importa que me imponga un orden determinado que empieza en lo sencillo. Porque sé que detrás de todo esto está el final, lo verdaderamente importante, lo crucial, lo que hace que mi vida tenga o no sentido. ¿Me atrevo a reivindicar lo que soy ? ¿Me atrevo a crecer? ¿Me atrevo a equivocarme y hacerlo mal? ¿Me atrevo a mostrarme com soy? ¿Me atrevo a reconocer que me muevo por impulsos que sé ciertos pero que no puedo explicar de manera racional? ¿Me atrevo a probarme en lo que de verdad me importa? ¿Me atrevo a brillar como podría a pesar de todas esas voces que viven dentro mío recordándome el sufrimiento y la muerte pasados? ¿Me atrevo a ser yo?
Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
lunes, 23 de mayo de 2011
jueves, 12 de mayo de 2011
Sol
Tengo miedo de ser yo, tengo miedo de ser quien soy. Porque soy fuerte, y grande, y hermosa, y tengo dentro de mí una energía extraordinaria que me da miedo no poder controlar. Me miro al espejo y soy feliz, y reverencio cada paso, cada célula, cada latido, cada emoción y sentimiento. Y bailo alucinada por mi casa, encontrando en cada movimiento la pura felicidad de estar viva, sonriendo, volviendome enorme y luminosa, sabiéndome conectada con todo lo que ocurre gracias a mis manos y mi corazón, ese ser incansable que me habita y me desborda.
Pero tengo miedo de mí misma, de los impulsos que imagino oscuros e imprevisibles, de mis anhelos profundos y absurdos, de mis filias apasionadas, de mis dolores puntiagudos y repentinos, de mi posible ceguera ante tanta luz y tanta alegría. Tengo miedo de soltarme y empezar una bacanal incontrolable, y encontrarme finalmente en un paisaje desconocido, detrás mío todo ruinas y ceniza y silencio. No sé quien me contó la historia de que soy peligrosa, de que es mejor tenerme encerrada, encadenada a la pared, drogada y modosita para impedir el fin del mundo. Pero quien me lo contará consiguió convencerme.
También tengo miedo de tí, de que te asuste mi arrogancia, de que prefieras verme velada para no dañarte los ojos, de que lances contra mí alguna palabra afilada que me corte las alas recién desplegadas, de que te atraiga mi luz y te destroce, de que te alejes con despecho por no haberme ceñido al plan original, de que me descubras finalmente y no te guste lo que veas, de que te marches de mi lado si finalmente te enseño quien soy.
Y así estoy, más cerca que nunca del final de la tristeza, a punto de dar un paso irreversible, otro más, atraída por mi propio resplandor, embelesada por los colores de mis brazos, de mis manos y mis ojos, quieta, sentada sin moverme, sabiendo (hoy sí) cual es el paso y dudando, asustada, porque tengo miedo. Pero ya veo el horizonte, y está saliendo el sol
Pero tengo miedo de mí misma, de los impulsos que imagino oscuros e imprevisibles, de mis anhelos profundos y absurdos, de mis filias apasionadas, de mis dolores puntiagudos y repentinos, de mi posible ceguera ante tanta luz y tanta alegría. Tengo miedo de soltarme y empezar una bacanal incontrolable, y encontrarme finalmente en un paisaje desconocido, detrás mío todo ruinas y ceniza y silencio. No sé quien me contó la historia de que soy peligrosa, de que es mejor tenerme encerrada, encadenada a la pared, drogada y modosita para impedir el fin del mundo. Pero quien me lo contará consiguió convencerme.
También tengo miedo de tí, de que te asuste mi arrogancia, de que prefieras verme velada para no dañarte los ojos, de que lances contra mí alguna palabra afilada que me corte las alas recién desplegadas, de que te atraiga mi luz y te destroce, de que te alejes con despecho por no haberme ceñido al plan original, de que me descubras finalmente y no te guste lo que veas, de que te marches de mi lado si finalmente te enseño quien soy.
Y así estoy, más cerca que nunca del final de la tristeza, a punto de dar un paso irreversible, otro más, atraída por mi propio resplandor, embelesada por los colores de mis brazos, de mis manos y mis ojos, quieta, sentada sin moverme, sabiendo (hoy sí) cual es el paso y dudando, asustada, porque tengo miedo. Pero ya veo el horizonte, y está saliendo el sol
jueves, 5 de mayo de 2011
Andén 9 y medio.
¿Qué pasa si, como Harry Potter, decides creer que existe el andén 9 ½? ¿Qué pasa si decides que lo visible es sólo un porcentaje ínfimo de lo que existe, que, como dijo Shakespeare, “hay más cosas en el mundo de las que sueña tu filosofía”? ¿Y si además decides que puedes acceder a ellas, verlas, reconocerlas, nombrarlas, leerlas? Cuando me imagino diciendo “sí”, dando este paso sin retorno, tengo una clara sensación de alivio, de haber vuelto a casa, de haber colocado algo en su lugar. También siento euforia por el infinito mar de posibilidades que se abre delante de mí y, si, el miedo corriendo como culebrillas por las cañas de mis huesos.
No me asusta tanto el lugar al que pueda acabar llegando como que ese lugar esté demasiado lejos de la casa que habitan lo míos.¿Se puede vivir simultáneamente en dos sitios a la vez? ¿Se puede velar la mirada cuando quieres? ¿Se puede construir un disfraz que disimule los tentáculos, los ojos nuevos y los dedos largos? ¿O seguir viéndolo todo pero aprender a no contarlo, para estar cerca de quien te quiere, para no perderlos en un viaje alucinante de arquitecturas invisibles?
También me asusta un poco el viaje en sí, los posibles escollos, las revueltas del camino, la amnesia en medio de un paisaje demasiado parecido al cotidiano, el monstruo concebido sólo para mí que, seguro, me espera en alguna vereda solitaria. Me asusta sobre todo perder la brújula que llevo dentro, una como la que tienes tú y que a mí me indica qué pistas son ciertas y cuales son inventos, que me dice por donde va mi camino, que me muestra las trampas que yo misma me construyo con ayuda de los otros.
Si atravieso el muro corriendo con mis cosas a cuestas para llegar al andén 9 1/2 , si vuelo más allá de lo permitido por las normas internacionales de navegación, si decido abrir dos ojos en mis manos para verlo todo ¿podré llevar a los míos conmigo? ¿Quién se quedará por el camino? ¿Podré seguir pareciendo yo aunque sea otra con más extremidades, más bocas, más aberturas hacia lo infinito? ¿Asustaré a la gente con mi nuevo aspecto? ¿Alcanzaré un nuevo mundo a costa de perder el otro, el que tuve siempre? Pero nada de esto puede ser contestado si no me pongo en camino así que allá vamos, que la suerte me acompañe.
No me asusta tanto el lugar al que pueda acabar llegando como que ese lugar esté demasiado lejos de la casa que habitan lo míos.¿Se puede vivir simultáneamente en dos sitios a la vez? ¿Se puede velar la mirada cuando quieres? ¿Se puede construir un disfraz que disimule los tentáculos, los ojos nuevos y los dedos largos? ¿O seguir viéndolo todo pero aprender a no contarlo, para estar cerca de quien te quiere, para no perderlos en un viaje alucinante de arquitecturas invisibles?
También me asusta un poco el viaje en sí, los posibles escollos, las revueltas del camino, la amnesia en medio de un paisaje demasiado parecido al cotidiano, el monstruo concebido sólo para mí que, seguro, me espera en alguna vereda solitaria. Me asusta sobre todo perder la brújula que llevo dentro, una como la que tienes tú y que a mí me indica qué pistas son ciertas y cuales son inventos, que me dice por donde va mi camino, que me muestra las trampas que yo misma me construyo con ayuda de los otros.
Si atravieso el muro corriendo con mis cosas a cuestas para llegar al andén 9 1/2 , si vuelo más allá de lo permitido por las normas internacionales de navegación, si decido abrir dos ojos en mis manos para verlo todo ¿podré llevar a los míos conmigo? ¿Quién se quedará por el camino? ¿Podré seguir pareciendo yo aunque sea otra con más extremidades, más bocas, más aberturas hacia lo infinito? ¿Asustaré a la gente con mi nuevo aspecto? ¿Alcanzaré un nuevo mundo a costa de perder el otro, el que tuve siempre? Pero nada de esto puede ser contestado si no me pongo en camino así que allá vamos, que la suerte me acompañe.
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domingo, 17 de abril de 2011
Mañana
Mañana cumplo años, pero no es sólo eso. Mañana pongo en marcha un nuevo trabajo que no he experimentado, pero tampoco es sólo eso. Mañana tardaré mucho en volver a casa, pero no, no es eso. Lo realmente trascendente es que mañana puede que cambie el mundo. Con una frase. Una sola frase que no pronunciaré yo, una frase que marca una frontera, una linea nítida y clara que divide la vida en dos, que convertirá toda experiencia en un antes y un después.
Las cosas, lo que sea que esté ocurriendo, están pasando ya, pero no lo sabemos y por eso no existe, o lo hace como una nube posible en la distancia, una estadística, una leyenda que pudiera ser pero de la que nadie tiene pruebas. Pero mañana, mañana, la probabilidad se convertirá en certeza, se parará el mundo para unos cuantos de nosotros, dejará de girar unos segundos o toda una eternidad, nos dará alas de seda y comenzaremos a suspirar aliviados o nos volverá de mármol y espanto.
Es extraño el poder tremendo que tienen las palabras, su modo de definirnos y cambiarnos, de movernos por dentro, de tambalearnos enteros. No hemos nacido para defendernos de su peso, para esquivarlas, no aprendemos a lucharlas en la escuela, sólo fingimos que no hemos sido alcanzados por su dureza, por su filo afilado y profundo, avergonzados de que algo tan pequeño que no se puede coger con las manos sea capaz de dolernos tanto.
Mañana me levantaré y probablemente salga el sol iluminándolo todo, mañana desayunaré como todos los días y me arreglaré para ir a trabajar. Mañana cogeré el coche e iré a donde debo, y trabajaré en mi trabajo extraño de todos los días. Mañana volveré a casa para hacer la comida, y nos sentaremos a la mesa para charlar entre bocado y bocado, para contarnos nuestro día. Mañana volveré al trabajo y más tarde al taller, y es posible que olvide durante todo el día que es mi cumpleaños. Es verdad, mañana será un día como cualquier otro, pero mañana, para mí, para los que quiero, puede que cambie el mundo.
Las cosas, lo que sea que esté ocurriendo, están pasando ya, pero no lo sabemos y por eso no existe, o lo hace como una nube posible en la distancia, una estadística, una leyenda que pudiera ser pero de la que nadie tiene pruebas. Pero mañana, mañana, la probabilidad se convertirá en certeza, se parará el mundo para unos cuantos de nosotros, dejará de girar unos segundos o toda una eternidad, nos dará alas de seda y comenzaremos a suspirar aliviados o nos volverá de mármol y espanto.
Es extraño el poder tremendo que tienen las palabras, su modo de definirnos y cambiarnos, de movernos por dentro, de tambalearnos enteros. No hemos nacido para defendernos de su peso, para esquivarlas, no aprendemos a lucharlas en la escuela, sólo fingimos que no hemos sido alcanzados por su dureza, por su filo afilado y profundo, avergonzados de que algo tan pequeño que no se puede coger con las manos sea capaz de dolernos tanto.
Mañana me levantaré y probablemente salga el sol iluminándolo todo, mañana desayunaré como todos los días y me arreglaré para ir a trabajar. Mañana cogeré el coche e iré a donde debo, y trabajaré en mi trabajo extraño de todos los días. Mañana volveré a casa para hacer la comida, y nos sentaremos a la mesa para charlar entre bocado y bocado, para contarnos nuestro día. Mañana volveré al trabajo y más tarde al taller, y es posible que olvide durante todo el día que es mi cumpleaños. Es verdad, mañana será un día como cualquier otro, pero mañana, para mí, para los que quiero, puede que cambie el mundo.
sábado, 9 de abril de 2011
Encrucijadas
M dejo ir por la escalera, desciendo los peldaños uno a uno, elijo conscientemente cada uno de los recodos que me llevan a donde siempre, seleccionando entre todo lo posible (todo, todo lo posible) sólo aquellas cosas que me apoyan, que me arrastran a donde sé ir tan bien, a donde de algún modo quiero estar.
Porque lo otro, la luz, la vida, la risa, necesitan otras vías, otras trochas, otras músicas que no tengo, requieren esfuerzo y perseverancia, la misma que he estado empleando para hundirme en la miseria, para bucear en esta oscuridad tan profunda. No se improvisa otra vida de la noche a la mañana, en un segundo o con un acto de voluntad.
Así que cuando entra el sol por la ventana, cuando me da de lleno en la cara desde el lucernario del techo, me siento transportada a otro mundo, recuerdo que hay otro camino, incluso puedo imaginar en qué consiste y cómo recorrerlo. Hasta me siento tentada a hacerlo, me gusta esa otra persona que imagino, con la cara llena de sonrisa y los ojos brillantes, con la risa en la boca y el paso ligero.
Pero para llegar ahí hay que ponerse a caminar, para caminar hay que saber dónde empieza el camino, hay que dejar que los ojos se desprendan de lo conocido y comiencen a buscar otros agarraderos, hay que tener la voluntad de aflojar los músculos de la cara y las manos, hay que soltar las piernas, vigilarlas, tutelarlas para que no vuelvan a las sendas que conocen de memoria. Y de momento no tengo fuerzas para ello.
Lo bueno: ahora sí sé que hay otra vía, otra manera, otro camino. Un día no muy lejano me decidiré y caminaré por los campos soleados, en medio de las pequeñas flores silvestres que crecen solas en los pastos, con la luz en la cara y la risa en los labios. Te lo prometo.
Porque lo otro, la luz, la vida, la risa, necesitan otras vías, otras trochas, otras músicas que no tengo, requieren esfuerzo y perseverancia, la misma que he estado empleando para hundirme en la miseria, para bucear en esta oscuridad tan profunda. No se improvisa otra vida de la noche a la mañana, en un segundo o con un acto de voluntad.
Así que cuando entra el sol por la ventana, cuando me da de lleno en la cara desde el lucernario del techo, me siento transportada a otro mundo, recuerdo que hay otro camino, incluso puedo imaginar en qué consiste y cómo recorrerlo. Hasta me siento tentada a hacerlo, me gusta esa otra persona que imagino, con la cara llena de sonrisa y los ojos brillantes, con la risa en la boca y el paso ligero.
Pero para llegar ahí hay que ponerse a caminar, para caminar hay que saber dónde empieza el camino, hay que dejar que los ojos se desprendan de lo conocido y comiencen a buscar otros agarraderos, hay que tener la voluntad de aflojar los músculos de la cara y las manos, hay que soltar las piernas, vigilarlas, tutelarlas para que no vuelvan a las sendas que conocen de memoria. Y de momento no tengo fuerzas para ello.
Lo bueno: ahora sí sé que hay otra vía, otra manera, otro camino. Un día no muy lejano me decidiré y caminaré por los campos soleados, en medio de las pequeñas flores silvestres que crecen solas en los pastos, con la luz en la cara y la risa en los labios. Te lo prometo.
jueves, 7 de abril de 2011
Grito
Me enfado, es ridículo, no tiene sentido, pero yo me enfado. Viene de abajo, una fuerza telúrica apoyada por el pensamiento cierto y claro de que he sido maltratada. No importa que el maltrato sea mínimo, parcial, subjetivo incluso. El enfado llega apretándome la mandíbula y afilando mis uñas, volviéndome de hielo, una hoguera dentro mío que se convierte en piedra blanca y fría sobre mi piel y mis ojos.
Quisiera disimular pero resulta imposible, mi cuerpo sigue ahí pero el resto de mí vive en esa hoguera invisible en la que me debato. A veces alimentándola, a veces intentando apagarla sin resultado alguno. Y es extraño sentir que he dejado de ser yo, que tengo un vestido puesto encima del que podría desprenderme si encontrara las aberturas, los lugares por donde pasan la cabeza y los brazos.
Me gustaría ser otra en ese instante, alguien más distante, alguien con más mundo, alguien capaz de reirse de las tonterías, de eliminar la injusticia, alguien con la fuerza suficiente para modular lo que pasa dentro suyo, alguien más alto, más fuerte, más vivido, más serpiente.
Llevo muchos años conmigo y todavía me sigue trastornando este descenso súbito al desasosiego, esta rabia sorda casi sin motivo, esta tristeza enorme que sobreviene luego por no haber hecho lo que el cuerpo me pedía. Porque si por mi fuera sacaría las llamas de dentro afuera e incendiaría el mundo entero, atravesaría con mis palabras los corazones hasta dejarlos muertos, paralizaría a los pájaros en pleno vuelo y marchitaría las flores con mi mirada. Gritaría, gritaría tan fuerte que estallarían las ruedas de los coches, y aparecerían fisuras en lo edificios, y se abrirían simas en medio de las plazas y en los patios de los colegios. Y así conseguiría que todo parara por un minuto, un solo minuto, el tiempo suficiente para que llegaras tú y me abrazaras, para que me calmaras con tu sonrisa tranquila, con tus besos salados, para que me dijeras al oído mientras me meces despacio esas palabras pequeñas que se dicen a los niños cuando tienen miedo.
Quisiera disimular pero resulta imposible, mi cuerpo sigue ahí pero el resto de mí vive en esa hoguera invisible en la que me debato. A veces alimentándola, a veces intentando apagarla sin resultado alguno. Y es extraño sentir que he dejado de ser yo, que tengo un vestido puesto encima del que podría desprenderme si encontrara las aberturas, los lugares por donde pasan la cabeza y los brazos.
Me gustaría ser otra en ese instante, alguien más distante, alguien con más mundo, alguien capaz de reirse de las tonterías, de eliminar la injusticia, alguien con la fuerza suficiente para modular lo que pasa dentro suyo, alguien más alto, más fuerte, más vivido, más serpiente.
Llevo muchos años conmigo y todavía me sigue trastornando este descenso súbito al desasosiego, esta rabia sorda casi sin motivo, esta tristeza enorme que sobreviene luego por no haber hecho lo que el cuerpo me pedía. Porque si por mi fuera sacaría las llamas de dentro afuera e incendiaría el mundo entero, atravesaría con mis palabras los corazones hasta dejarlos muertos, paralizaría a los pájaros en pleno vuelo y marchitaría las flores con mi mirada. Gritaría, gritaría tan fuerte que estallarían las ruedas de los coches, y aparecerían fisuras en lo edificios, y se abrirían simas en medio de las plazas y en los patios de los colegios. Y así conseguiría que todo parara por un minuto, un solo minuto, el tiempo suficiente para que llegaras tú y me abrazaras, para que me calmaras con tu sonrisa tranquila, con tus besos salados, para que me dijeras al oído mientras me meces despacio esas palabras pequeñas que se dicen a los niños cuando tienen miedo.
jueves, 31 de marzo de 2011
Lo que el ojo no ve
A una palabra, una sola y simple palabra, todo se ha vuelto blando: las calles por las que camino, las casas, los semáforos, las verjas de los colegios, las plazas, las fuentes, las estatuas, los pasos de cebra, el propio asfalto, las aceras, los muros, los bancos de los parques, las palmeras...
Brilla el sol en lo alto, parece que nada ha ocurrido pero no es cierto. Con una sola palabra todo es distinto, todo ha cambiado, de un modo sutil, de un modo maligno, todo es distinto. Camino por los lugares de siempre con el miedo de dar de repente con una parte blanda del suelo que me hará tropezar y caer, que incluso podría tragarme entera. No me atrevo a apoyarme en las fachadas de los edificios por lo mismo, cualquiera de ellos podría haberse convertido en una ilusión, podría tragarme, engullirme del todo, hacerme desaparecer en medio del gentío.
Sonrío, todo el mundo sonríe, los pájaros, inexplicablemente, siguen piando por la mañana, y el sol sigue saliendo com si nada. Hacemos compras, preparamos la comida, decidimos convivir con la suciedad del suelo, hacemos las camas y ponemos lavadoras, miramos la televisión, comemos, comemos mucho...y reímos todo el tiempo, lanzando cables bajo las sonrisas para que los otros encuentren un lugar donde amarrarse, para salvarnos todos juntos, para decirnos que nos queremos y que nos tenemos, para acompañarnos en el miedo y a zozobra.
Todo sigue igual pero todo es distinto. Todo cambió con una llamada de teléfono, con la poca información que cabe en una inspiración, con una sola palabra que se repite todo el tiempo en mi cabeza como un mantra volviéndolo todo blando, todo hermoso, y traicionero, y blando, y peligroso, todo efímero y terrible.
Brilla el sol en lo alto, parece que nada ha ocurrido pero no es cierto. Con una sola palabra todo es distinto, todo ha cambiado, de un modo sutil, de un modo maligno, todo es distinto. Camino por los lugares de siempre con el miedo de dar de repente con una parte blanda del suelo que me hará tropezar y caer, que incluso podría tragarme entera. No me atrevo a apoyarme en las fachadas de los edificios por lo mismo, cualquiera de ellos podría haberse convertido en una ilusión, podría tragarme, engullirme del todo, hacerme desaparecer en medio del gentío.
Sonrío, todo el mundo sonríe, los pájaros, inexplicablemente, siguen piando por la mañana, y el sol sigue saliendo com si nada. Hacemos compras, preparamos la comida, decidimos convivir con la suciedad del suelo, hacemos las camas y ponemos lavadoras, miramos la televisión, comemos, comemos mucho...y reímos todo el tiempo, lanzando cables bajo las sonrisas para que los otros encuentren un lugar donde amarrarse, para salvarnos todos juntos, para decirnos que nos queremos y que nos tenemos, para acompañarnos en el miedo y a zozobra.
Todo sigue igual pero todo es distinto. Todo cambió con una llamada de teléfono, con la poca información que cabe en una inspiración, con una sola palabra que se repite todo el tiempo en mi cabeza como un mantra volviéndolo todo blando, todo hermoso, y traicionero, y blando, y peligroso, todo efímero y terrible.
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