Tengo miedo de ser yo, tengo miedo de ser quien soy. Porque soy fuerte, y grande, y hermosa, y tengo dentro de mí una energía extraordinaria que me da miedo no poder controlar. Me miro al espejo y soy feliz, y reverencio cada paso, cada célula, cada latido, cada emoción y sentimiento. Y bailo alucinada por mi casa, encontrando en cada movimiento la pura felicidad de estar viva, sonriendo, volviendome enorme y luminosa, sabiéndome conectada con todo lo que ocurre gracias a mis manos y mi corazón, ese ser incansable que me habita y me desborda.
Pero tengo miedo de mí misma, de los impulsos que imagino oscuros e imprevisibles, de mis anhelos profundos y absurdos, de mis filias apasionadas, de mis dolores puntiagudos y repentinos, de mi posible ceguera ante tanta luz y tanta alegría. Tengo miedo de soltarme y empezar una bacanal incontrolable, y encontrarme finalmente en un paisaje desconocido, detrás mío todo ruinas y ceniza y silencio. No sé quien me contó la historia de que soy peligrosa, de que es mejor tenerme encerrada, encadenada a la pared, drogada y modosita para impedir el fin del mundo. Pero quien me lo contará consiguió convencerme.
También tengo miedo de tí, de que te asuste mi arrogancia, de que prefieras verme velada para no dañarte los ojos, de que lances contra mí alguna palabra afilada que me corte las alas recién desplegadas, de que te atraiga mi luz y te destroce, de que te alejes con despecho por no haberme ceñido al plan original, de que me descubras finalmente y no te guste lo que veas, de que te marches de mi lado si finalmente te enseño quien soy.
Y así estoy, más cerca que nunca del final de la tristeza, a punto de dar un paso irreversible, otro más, atraída por mi propio resplandor, embelesada por los colores de mis brazos, de mis manos y mis ojos, quieta, sentada sin moverme, sabiendo (hoy sí) cual es el paso y dudando, asustada, porque tengo miedo. Pero ya veo el horizonte, y está saliendo el sol
Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
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jueves, 12 de mayo de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Grito
Me enfado, es ridículo, no tiene sentido, pero yo me enfado. Viene de abajo, una fuerza telúrica apoyada por el pensamiento cierto y claro de que he sido maltratada. No importa que el maltrato sea mínimo, parcial, subjetivo incluso. El enfado llega apretándome la mandíbula y afilando mis uñas, volviéndome de hielo, una hoguera dentro mío que se convierte en piedra blanca y fría sobre mi piel y mis ojos.
Quisiera disimular pero resulta imposible, mi cuerpo sigue ahí pero el resto de mí vive en esa hoguera invisible en la que me debato. A veces alimentándola, a veces intentando apagarla sin resultado alguno. Y es extraño sentir que he dejado de ser yo, que tengo un vestido puesto encima del que podría desprenderme si encontrara las aberturas, los lugares por donde pasan la cabeza y los brazos.
Me gustaría ser otra en ese instante, alguien más distante, alguien con más mundo, alguien capaz de reirse de las tonterías, de eliminar la injusticia, alguien con la fuerza suficiente para modular lo que pasa dentro suyo, alguien más alto, más fuerte, más vivido, más serpiente.
Llevo muchos años conmigo y todavía me sigue trastornando este descenso súbito al desasosiego, esta rabia sorda casi sin motivo, esta tristeza enorme que sobreviene luego por no haber hecho lo que el cuerpo me pedía. Porque si por mi fuera sacaría las llamas de dentro afuera e incendiaría el mundo entero, atravesaría con mis palabras los corazones hasta dejarlos muertos, paralizaría a los pájaros en pleno vuelo y marchitaría las flores con mi mirada. Gritaría, gritaría tan fuerte que estallarían las ruedas de los coches, y aparecerían fisuras en lo edificios, y se abrirían simas en medio de las plazas y en los patios de los colegios. Y así conseguiría que todo parara por un minuto, un solo minuto, el tiempo suficiente para que llegaras tú y me abrazaras, para que me calmaras con tu sonrisa tranquila, con tus besos salados, para que me dijeras al oído mientras me meces despacio esas palabras pequeñas que se dicen a los niños cuando tienen miedo.
Quisiera disimular pero resulta imposible, mi cuerpo sigue ahí pero el resto de mí vive en esa hoguera invisible en la que me debato. A veces alimentándola, a veces intentando apagarla sin resultado alguno. Y es extraño sentir que he dejado de ser yo, que tengo un vestido puesto encima del que podría desprenderme si encontrara las aberturas, los lugares por donde pasan la cabeza y los brazos.
Me gustaría ser otra en ese instante, alguien más distante, alguien con más mundo, alguien capaz de reirse de las tonterías, de eliminar la injusticia, alguien con la fuerza suficiente para modular lo que pasa dentro suyo, alguien más alto, más fuerte, más vivido, más serpiente.
Llevo muchos años conmigo y todavía me sigue trastornando este descenso súbito al desasosiego, esta rabia sorda casi sin motivo, esta tristeza enorme que sobreviene luego por no haber hecho lo que el cuerpo me pedía. Porque si por mi fuera sacaría las llamas de dentro afuera e incendiaría el mundo entero, atravesaría con mis palabras los corazones hasta dejarlos muertos, paralizaría a los pájaros en pleno vuelo y marchitaría las flores con mi mirada. Gritaría, gritaría tan fuerte que estallarían las ruedas de los coches, y aparecerían fisuras en lo edificios, y se abrirían simas en medio de las plazas y en los patios de los colegios. Y así conseguiría que todo parara por un minuto, un solo minuto, el tiempo suficiente para que llegaras tú y me abrazaras, para que me calmaras con tu sonrisa tranquila, con tus besos salados, para que me dijeras al oído mientras me meces despacio esas palabras pequeñas que se dicen a los niños cuando tienen miedo.
lunes, 17 de enero de 2011
Luz
Como en los cuentos, vive en una casona enorme en medio de un bosque umbrío, una casa llena de habitaciones y pasillos. Algunas zonas son confortables y calentitas, es donde vive casi siempre, hay otras destartaladas pero amigables y algunas definitivamente hostiles, polvorientas, inexploradas. Está segura de que hay recovecos y pasillos que sólo ha recorrido en sueños, cuando se vuelve sonámbula, y de que hay otras habitaciones a las que prefiere no volver a entrar nunca.
No sale nunca de la casa, aunque tiene ganas. Se dedica a mirar por las ventanas el paisaje dibujado más allá: las montañas lejanas y cambiantes, a veces violetas, a veces tan nítidas que se podrían tocar con la mano, a veces invisibles por la calima o la niebla; el río, audible desde la casa cuando abre las ventanas, cuyo brillo se ve entre los árboles; el camino de entrada, desdibujado por la falta de pies que lo definan, los arbustos, las flores que nacen por todas partes en primavera...
A veces se imagina caminando, alejándose de la casa con paso tranquilo para llegar hasta el río y tocar su agua, probarla para ver a qué sabe, quien la habita, o seguir caminando y caminando hasta perder la casa de vista, descubrir el mundo, mirar otras casas, otros ojos que no sean los suyos. Sabe que tiene la fuerza para hacerlo, lo nota en sus piernas y en su sexo, sabe que está rodeada de luz.
Pero cada vez que se decide, cada vez que alarga la mano hacia la puerta, una serpiente enorme amenaza con salir desde su garganta por su boca, una serpiente gris interminable que podría ahogarla sijn esfuerzo, sólo con su deslizarse por su traquea para alcanzar la salida de su cuerpo. Y cuando no es la serpiente, nota cómo la luz que la rodea se incendia, se extiende hasta lamer las paredes de la casa dejándola ciega, parece tener la potencia suficiente como para quemar el mundo entero con ella dentro. Así que deja caer la mano temblando, da la vuelta y se sienta de nuevo en su cómodo sillón frente a la ventana, imaginando que si se atreviera por fin, quizá descubriría que la serpiente sólo quiere mostrarle en camino, o que la luz lo incendia todo para volverlo nuevo y deslumbrante. Pero no está segura.
No sale nunca de la casa, aunque tiene ganas. Se dedica a mirar por las ventanas el paisaje dibujado más allá: las montañas lejanas y cambiantes, a veces violetas, a veces tan nítidas que se podrían tocar con la mano, a veces invisibles por la calima o la niebla; el río, audible desde la casa cuando abre las ventanas, cuyo brillo se ve entre los árboles; el camino de entrada, desdibujado por la falta de pies que lo definan, los arbustos, las flores que nacen por todas partes en primavera...
A veces se imagina caminando, alejándose de la casa con paso tranquilo para llegar hasta el río y tocar su agua, probarla para ver a qué sabe, quien la habita, o seguir caminando y caminando hasta perder la casa de vista, descubrir el mundo, mirar otras casas, otros ojos que no sean los suyos. Sabe que tiene la fuerza para hacerlo, lo nota en sus piernas y en su sexo, sabe que está rodeada de luz.
Pero cada vez que se decide, cada vez que alarga la mano hacia la puerta, una serpiente enorme amenaza con salir desde su garganta por su boca, una serpiente gris interminable que podría ahogarla sijn esfuerzo, sólo con su deslizarse por su traquea para alcanzar la salida de su cuerpo. Y cuando no es la serpiente, nota cómo la luz que la rodea se incendia, se extiende hasta lamer las paredes de la casa dejándola ciega, parece tener la potencia suficiente como para quemar el mundo entero con ella dentro. Así que deja caer la mano temblando, da la vuelta y se sienta de nuevo en su cómodo sillón frente a la ventana, imaginando que si se atreviera por fin, quizá descubriría que la serpiente sólo quiere mostrarle en camino, o que la luz lo incendia todo para volverlo nuevo y deslumbrante. Pero no está segura.
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martes, 9 de noviembre de 2010
Sistema métrico decimal
En la vida todo es cuestión de medida, de encontrar la justa medida para cada cosa, cada acción, cada pensamiento, cada declaración. Y ese es el problema porque no existe LA MEDIDA, no existe un metro guardado en París en el que basarnos. Ni siquiera existe la medida para cada acción (comer: metro y medio, dormir: seis metros) , cada palabra, cada movimiento, pues todas estas cosas han de combinarse con el tiempo, el momento en que se dan: lo que es bueno en una situación dada, no lo es en la siguiente, por parecida que parezca.
Así que tengo miedo (y mucha excitación): hay una cueva delante mío en la que ya he entrado y he explorado algunas de sus cavernas. Es una de esas cuevas de las que se dice que son peligrosas, que la gente que se adentra demasiado no vuelve. Yo sé que tengo que entrar, me lo pide la sangre, y a la sangre hay que hacerle caso...casi siempre. Todo se reduce a un problema de medida: ¿hasta donde entro ? ¿Cuánto tiempo me doy para explorar? ¿Qué pretendo sacar de esto? ¿Hay algo que sacar?
Podría entrar solo un poquito y pasearme, deleitarme con las pequeñas maravillas que mi linterna descubre: el brillo de un mineral inesperado, las esculturales formas producidas por milenios de corrientes subterráneas, el obstáculo de un lago inesperado que parece infinito... Pero todo eso ya lo he hecho y ahora quiero seguir viniendo,quiero encontrar una barca y ponerme a navegar bajo la tierra, quiero descolgarme por alguna de las simas que he encontrado en mi camino y explorar algunos recovecos peligrosos pero ¿conseguiré volver? ¿Hasta cuándo hay que explorar? ¿Y cómo? Porque está claro que si no hay medidas, no puede haber mapas.
Puedo darme la vuelta y marcharme, pero algo dentro mío me grita que esto es importante. Y de muevo aparece el tema de la medida: ¿Hay que hacerle caso siempre a esta voz oscura y roja? ¿Hay que seguirla hasta la muerte o vale rendirse? ¿Y cuándo rendirse? ¿Y cómo rendirse? ¿Rendirse a quién?
Y aquí estoy, perdida, como siempre nos pasa los que buscamos. En fin.
Así que tengo miedo (y mucha excitación): hay una cueva delante mío en la que ya he entrado y he explorado algunas de sus cavernas. Es una de esas cuevas de las que se dice que son peligrosas, que la gente que se adentra demasiado no vuelve. Yo sé que tengo que entrar, me lo pide la sangre, y a la sangre hay que hacerle caso...casi siempre. Todo se reduce a un problema de medida: ¿hasta donde entro ? ¿Cuánto tiempo me doy para explorar? ¿Qué pretendo sacar de esto? ¿Hay algo que sacar?
Podría entrar solo un poquito y pasearme, deleitarme con las pequeñas maravillas que mi linterna descubre: el brillo de un mineral inesperado, las esculturales formas producidas por milenios de corrientes subterráneas, el obstáculo de un lago inesperado que parece infinito... Pero todo eso ya lo he hecho y ahora quiero seguir viniendo,quiero encontrar una barca y ponerme a navegar bajo la tierra, quiero descolgarme por alguna de las simas que he encontrado en mi camino y explorar algunos recovecos peligrosos pero ¿conseguiré volver? ¿Hasta cuándo hay que explorar? ¿Y cómo? Porque está claro que si no hay medidas, no puede haber mapas.
Puedo darme la vuelta y marcharme, pero algo dentro mío me grita que esto es importante. Y de muevo aparece el tema de la medida: ¿Hay que hacerle caso siempre a esta voz oscura y roja? ¿Hay que seguirla hasta la muerte o vale rendirse? ¿Y cuándo rendirse? ¿Y cómo rendirse? ¿Rendirse a quién?
Y aquí estoy, perdida, como siempre nos pasa los que buscamos. En fin.
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