Estoy cansada, estoy tan, tan cansada que me pondría a llorar. No sé qué tienen que ver el cansancio y las lágrimas pero es lo que me suele ocurrir: en cuanto siento un cansancio tan grande de lo que tengo ganas es de llorar. Quizá es que mi cuerpo está tan lleno de cansancio que no le cabe ese 70% de agua que se supone tenemos todos en las células, y rebosa (o lo intenta, porque normalmente no me permito este tipo de llanto absurdo...¿absurdo?, estoy tan cansada que no sé lo que me digo).
Si la realidad fuera una invención exclusiva de nuestra mente, cosa que no dudo realmente, si nuestra cabeza estuviera realmente (dos realmente seguidos, es el cansancio, no tengo fuerzas para buscar otra palabra, mejor lee la frase saltándote este paréntesis) bien entrenada para la invención consciente de la realidad, yo habría inventado para este instante una cama hecha de nubes calentitas donde poder tumbarme mientras un hombre hermoso de los que no inspiran inquietud de ningún tipo, comienza a darme un masaje despacio por mi cuero cabelludo, muy lentamente, deshaciendo con sus dedos las marañas de sucesos tontos de este día tan largo, soltando los recuerdos y los esfuerzos. Si yo fuera una maestra en esto de crear realidades, estaría desnuda en mi nube sin tener una pizca de frío, sintiendo lo que se siente cuando te tumbas al sol en la playa una tarde hermosa de primavera, y estaría absolutamente tranquila en mi cuerpo, feliz y contenta, como imagino que lo están las panteras cuando se desperezan, sin plantearme nada acerca de mi desnudez o de la mirada de mi ángel masajista.
Si supiera inventar de verdad como dicen que inventamos absolutamente todo con nuestra cabeza, inventaría a una mujer hermosa de larga melena negra que lavara mi cuerpo inerte con una esponja suave y un agua especial capaz de quitar de mi piel los dolores musculares de tanto apilar cosas, de llenar de dulzura mis miembros con solo mojarlos, de devolverme con cada pasada de esponja la inocencia de los primeros años sin quitarme lo que tanto recorrido me ha costado aprender, de volverme joven, o sea, liviana.
Pero aunque mi mente esté inventando este ordenador, y la música que escucho incansable para aislarme del ruido, aunque yo haya inventado (sin querer, lo juro) la bata infame que ahora llevo puesta y la cinta en el pelo y las zapatillas viejas, aunque haya inventado mi vida entera, todavía no le tengo cogido el truco a la belleza pura y dura, a lo que me han enseñado que se sale de las leyes de la física y de la cultura en la que vivo, así que lo único que sé inventar son lágrimas, lágrimas para cuando estoy tan cansada y todavía no es tiempo de dormir, sólo sé inventar un cansancio sin risas, un cansancio mojado.
Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
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lunes, 20 de diciembre de 2010
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Movimiento
Le pongo las manos en la espalda tal como me han indicado, a la altura de los omoplatos. Su objetivo es mover mis manos, el mío no separarlas de su cuerpo, seguir todos sus movimientos. Es extraño, es curioso también cómo mi ser entero se concentra en esa pequeña parte de mi piel y como a pesar de estar toda yo enteramente en mis manos, no hay tensión, se está cómoda ahí, siendo movida por esa espalda.
Poco a poco sus movimientos comienzan a ser mas audaces, le piden más a mi destreza para seguirlo, al resto de mi cuerpo, que ha de moverse más deprisa, fintar, saltar hacia atrás, girar, agacharse, todo él alerta, vivo, despierto. Y me encuentro de repente absolutamente maravillada de sentir debajo de mis palmas el milagro increíble de un cuerpo moviéndose, la sabiduría infinita que encierra, la facilidad con que lo hace, la grandeza, el peso, la fuerza. Siento cómo sus músculos se mueven como un animal sigiloso viviendo bajo su piel, cómo responden al milímetro a cada uno de sus pensamientos, cómo le siguen sin dudarlo, tan en su propia piel, tan seguros de su propio poder.
Y me maravillo y me extraño de que este milagro, el de un cuerpo en movimiento, sea tan cotidiano y pase tan desapercibido, que no sea capaz normalmente de admirar extasiada los pasos seguros de los hombres por la calle, y el equilibrio endiablado de algunas mujeres sobre zancos imposibles. Y los pasos vacilantes de algunos ancianos valientes luchando con sus propias fuerzas. Y la inconsciencia perfecta de los cuerpos de los niños corriendo, ajenos a cualquier noción de economía energética.
Y miro mi cuerpo, este cuerpo perfecto que me ha tocado en suerte, que me sigue a donde vaya, que me acompaña sin quejarse, que aguanta mis desplantes y maltratos, que me ofrece placeres a cada paso sin que yo me de cuenta, perdida en mis propios pensamientos, este cuerpo que no sé de dónde sale y por qué me quiere tanto, este cuerpo en el que vivo, tan cambiante, tan increíblemente cambiante, tan fiel, tan complejo, tan poderoso, tan simple y perfecto, tan increíble. Estoy aquí, estoy viva, suspiro, es un jodido milagro.
El ejercicio termina y vuelvo a la vida cotidiana sorprendida del viaje que te tenido la suerte de vivir entre estas cuatro paredes. Él se da la vuelta despacio, como si volviera de muy lejos, y me mira:
-¡Guau!- dice.
-Sí, guau- le respondo sonriendo, contenta de que haya vivido el mismo viaje que yo.
Poco a poco sus movimientos comienzan a ser mas audaces, le piden más a mi destreza para seguirlo, al resto de mi cuerpo, que ha de moverse más deprisa, fintar, saltar hacia atrás, girar, agacharse, todo él alerta, vivo, despierto. Y me encuentro de repente absolutamente maravillada de sentir debajo de mis palmas el milagro increíble de un cuerpo moviéndose, la sabiduría infinita que encierra, la facilidad con que lo hace, la grandeza, el peso, la fuerza. Siento cómo sus músculos se mueven como un animal sigiloso viviendo bajo su piel, cómo responden al milímetro a cada uno de sus pensamientos, cómo le siguen sin dudarlo, tan en su propia piel, tan seguros de su propio poder.
Y me maravillo y me extraño de que este milagro, el de un cuerpo en movimiento, sea tan cotidiano y pase tan desapercibido, que no sea capaz normalmente de admirar extasiada los pasos seguros de los hombres por la calle, y el equilibrio endiablado de algunas mujeres sobre zancos imposibles. Y los pasos vacilantes de algunos ancianos valientes luchando con sus propias fuerzas. Y la inconsciencia perfecta de los cuerpos de los niños corriendo, ajenos a cualquier noción de economía energética.
Y miro mi cuerpo, este cuerpo perfecto que me ha tocado en suerte, que me sigue a donde vaya, que me acompaña sin quejarse, que aguanta mis desplantes y maltratos, que me ofrece placeres a cada paso sin que yo me de cuenta, perdida en mis propios pensamientos, este cuerpo que no sé de dónde sale y por qué me quiere tanto, este cuerpo en el que vivo, tan cambiante, tan increíblemente cambiante, tan fiel, tan complejo, tan poderoso, tan simple y perfecto, tan increíble. Estoy aquí, estoy viva, suspiro, es un jodido milagro.
El ejercicio termina y vuelvo a la vida cotidiana sorprendida del viaje que te tenido la suerte de vivir entre estas cuatro paredes. Él se da la vuelta despacio, como si volviera de muy lejos, y me mira:
-¡Guau!- dice.
-Sí, guau- le respondo sonriendo, contenta de que haya vivido el mismo viaje que yo.
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miércoles, 10 de noviembre de 2010
Fantasmas en la máquina
Hoy me siento absolutamente como lo que soy: el fantasma en la máquina. Es curioso porque normalmente caminamos por la vida sin tener consciencia de estarlo haciendo, caminar quiero decir. Nuestro cuerpo se mueve, nos sostiene, nos proporciona un refugio estable y, a menos que se estropee algo, no nos damos cuenta de esta compañía continua. Y no nos enteramos, creo yo, porque nuestro cuerpo suele ser un aliado incondicional con una lealtad a prueba de bombas: hará lo que nosotros queramos cuando nosotros queramos y como nosotros queramos, sin dudar, sin preguntar, un verdadero amor.
Es cierto que si le exigimos una destreza sobresaliente en algo especial no tendremos más remedio que entrenarlo (aunque empiezo a sospechar que lo que realmente entrenamos es nuestra capacidad de vernos haciendo eso que nos proponemos, consiguiéndolo). Normalmente, al empezar a practicar una actividad física compleja como bailar ballet, saltar con pértiga o tocar el violoncello es cuando más notamos nuestro cuerpo, está incómodo con esas posiciones inverosímiles, sujetando artefactos inusuales y estúpidos, es como si estuviera en contra nuestra. Y nos sentimos sorprendidos y disgustados, nos vivimos torpes, nos damos cuenta de todo eso que no puede hacer por más que se lo pidamos. Y es tan raro sentir esto precisamente porque nuestro cuerpo nos sigue siempre, no tenemos que pensarlo, es casi instantáneo: queremos beber y nuestra mano ya está yendo a por el vaso.
Pero estos días, después de un resfriado intenso, noto que mi cuerpo quiere seguirme en mis propósitos pero le cuesta, es como un perro enfermo, empeñado en recoger el palito que le lanza su amo aunque le fallen las fuerzas. Y porque siento mi cuerpo más lento, más cansado que de costumbre, también noto esta mente que analiza, que lo observa, que lo juzga, que se impacienta ante su falta de energía. Y algo dentro mío se indigna porque no es justo lo que la mente piensa, mi cuerpo está ahí, está trabajando, cumpliendo con su cometido por mas que le gustaría estar acostado (eso lo susurra cada una de mis células). Lo que no sé es quién es ese que se indigna, y dónde estoy yo en medio de tanta multitud.
Es cierto que si le exigimos una destreza sobresaliente en algo especial no tendremos más remedio que entrenarlo (aunque empiezo a sospechar que lo que realmente entrenamos es nuestra capacidad de vernos haciendo eso que nos proponemos, consiguiéndolo). Normalmente, al empezar a practicar una actividad física compleja como bailar ballet, saltar con pértiga o tocar el violoncello es cuando más notamos nuestro cuerpo, está incómodo con esas posiciones inverosímiles, sujetando artefactos inusuales y estúpidos, es como si estuviera en contra nuestra. Y nos sentimos sorprendidos y disgustados, nos vivimos torpes, nos damos cuenta de todo eso que no puede hacer por más que se lo pidamos. Y es tan raro sentir esto precisamente porque nuestro cuerpo nos sigue siempre, no tenemos que pensarlo, es casi instantáneo: queremos beber y nuestra mano ya está yendo a por el vaso.
Pero estos días, después de un resfriado intenso, noto que mi cuerpo quiere seguirme en mis propósitos pero le cuesta, es como un perro enfermo, empeñado en recoger el palito que le lanza su amo aunque le fallen las fuerzas. Y porque siento mi cuerpo más lento, más cansado que de costumbre, también noto esta mente que analiza, que lo observa, que lo juzga, que se impacienta ante su falta de energía. Y algo dentro mío se indigna porque no es justo lo que la mente piensa, mi cuerpo está ahí, está trabajando, cumpliendo con su cometido por mas que le gustaría estar acostado (eso lo susurra cada una de mis células). Lo que no sé es quién es ese que se indigna, y dónde estoy yo en medio de tanta multitud.
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domingo, 7 de noviembre de 2010
Mantenimiento básico
Algo no anda bien, no sabes muy bien qué es pero algo no anda bien. Hay una cierta opresión en la cabeza, una debilidad en los remos inferiores, el estómago no cumple con lo que prometía en el folleto. Entonces sacas la caja de herramientas, te pones el mono de faena para no mancharte de porquería y manos a la obra.
Abres la cabeza con cuidado de no enredar los cabellos en el destornillador, te han prometido que el pelo crece pero no sabes si tiene un límite o si venden recargas para cuando se termina la queratina que viene de fábrica. Apartas despacito la tapa de los sesos y, como te imaginabas, descubres una maraña de cables de todos los grosores y colores que no hay quien se aclare. No queda más remedio que peinarlos, separarlos poco a poco intentado que ninguno se suelte de su conexión correspondiente, agruparlos por colores, los de pensar por una parte (esos están liadísimos, parece que incluso sobrecargados), los de las funciones corporales por otra, que si no luego, cuando te pones a pensar en la ducha de la mañana mientras saludas en el ascensor al vecino del quinto se te ponen húmedas partes del cuerpo que no vienen al caso y ya estamos al borde del cortocircuito.
Pero com siempre pasa, en cuanto intentas volver a meter todo ese berenjenal de cables en el cráneo resulta que no caben. Por más que miras no lo entiendes, es decir, porque los acabas de sacar tú misma porque si no pensarías que alguien te está gastando una broma intentando que metas más de los que tocan. Después de un buen rato de intentar acomodarlos, desesperada, los metes a mogollón apretándolos bien, a sabiendas que tanta presión no va a hacer precisamente que funciones de un modo óptimo, pero es peor andar con los cables al aire por la calle, la gente no suele ser muy tolerante con los exhibicionistas!!
Luego a por el desatascador, a ver qué se ha quedado encajado entre las tripas que no deja que el almuerzo siga su curso (aunque por otra parte está bien, no tienes hambre, no engordarás cenando como una foca aburrida). Después de un rato trasteando entre tanta porquería (y mira que se encuentran cosas raras y antiguas en el sistema digestivo) consigues arrancar un pensamiento de impotencia que te tenía el tráfico paralizado.
Ahora parece que las cosas van ligeramente mejor, aunque ya se sabe, hace falta tiempo para que todo se reasiente y vuelva a su lugar. De momento, lo urgente es pasar al mantenimiento habitual: exfoliación para eliminar las células muertas y el polvo del camino, lavado de cabello (y sí, algunos se han quedado enganchados a los tornillos cuando volviste a encajar la tapa del cráneo, sería un rollo acabar siendo una vieja calva), limpieza de bajos y corte de uñas. Luego cena, tele y a dormir, que mañana será otro día.
Abres la cabeza con cuidado de no enredar los cabellos en el destornillador, te han prometido que el pelo crece pero no sabes si tiene un límite o si venden recargas para cuando se termina la queratina que viene de fábrica. Apartas despacito la tapa de los sesos y, como te imaginabas, descubres una maraña de cables de todos los grosores y colores que no hay quien se aclare. No queda más remedio que peinarlos, separarlos poco a poco intentado que ninguno se suelte de su conexión correspondiente, agruparlos por colores, los de pensar por una parte (esos están liadísimos, parece que incluso sobrecargados), los de las funciones corporales por otra, que si no luego, cuando te pones a pensar en la ducha de la mañana mientras saludas en el ascensor al vecino del quinto se te ponen húmedas partes del cuerpo que no vienen al caso y ya estamos al borde del cortocircuito.
Pero com siempre pasa, en cuanto intentas volver a meter todo ese berenjenal de cables en el cráneo resulta que no caben. Por más que miras no lo entiendes, es decir, porque los acabas de sacar tú misma porque si no pensarías que alguien te está gastando una broma intentando que metas más de los que tocan. Después de un buen rato de intentar acomodarlos, desesperada, los metes a mogollón apretándolos bien, a sabiendas que tanta presión no va a hacer precisamente que funciones de un modo óptimo, pero es peor andar con los cables al aire por la calle, la gente no suele ser muy tolerante con los exhibicionistas!!
Luego a por el desatascador, a ver qué se ha quedado encajado entre las tripas que no deja que el almuerzo siga su curso (aunque por otra parte está bien, no tienes hambre, no engordarás cenando como una foca aburrida). Después de un rato trasteando entre tanta porquería (y mira que se encuentran cosas raras y antiguas en el sistema digestivo) consigues arrancar un pensamiento de impotencia que te tenía el tráfico paralizado.
Ahora parece que las cosas van ligeramente mejor, aunque ya se sabe, hace falta tiempo para que todo se reasiente y vuelva a su lugar. De momento, lo urgente es pasar al mantenimiento habitual: exfoliación para eliminar las células muertas y el polvo del camino, lavado de cabello (y sí, algunos se han quedado enganchados a los tornillos cuando volviste a encajar la tapa del cráneo, sería un rollo acabar siendo una vieja calva), limpieza de bajos y corte de uñas. Luego cena, tele y a dormir, que mañana será otro día.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Cuerpos efímeros
Estas viendo una serie de televisión o una película antiguas, de esas que te gustan mucho. La disfrutas sin pensar demasiado, dejándote llevar por la trama, la iluminación,la música, el ritmo, incluso admiras el cuerpo escultural del actor principal. Y de repente te das cuenta de que ese cuerpo ya no existe, no está. Tu lo disfrutas ahora pero nunca lo podrás tocar, no porque sea el de un actor americano lejanísimo para tí sino porque pertenece al pasado.
Es posible que el actor en cuestión todavía esté vivo, o no, pero no importa: lo que admiras, lo que provoca según qué reacciones en tu propio cuerpo, ya no existe, no es palpable, comprobable, no habéis coincidido en el tiempo. Te das cuenta entonces que estas viviendo un espejismo, una imagen vacía pero más perturbadora que las que se producen en los desiertos porque está, la que te gusta, sí existió, existió de verdad, en otro tiempo, otro lugar, pero ya no está. De repente tu cuerpo, tu deseo, incluso tu anhelo, quedan enganchados a un fantasma, un ectoplasma que sigue viviendo escondido en el cuerpo real, actual, del actor en cuestión, pero que ya no se manifiesta en su exterior. Como si esa persona,mientras no mirabas, hubiera ido a un armario para colgar ese cuerpo que conoces y vestirse otro que se le parece quizá, como si se disfrazara de sí mismo para burlarte, para disimular, para ser el mismo siendo otro.
Lo más extraño es cuando te paras a pensar que eso ocurre también con la gente que quieres, a cada minuto. Pasas un mes sin ver a tu hermano y en las siguientes navidades su cuerpo es otro, a veces de modo sutil, a veces bruscamente. O de un día para otro tu padre parece haberse echado encima todos los años que no solías recordar que tiene. Arropas a tus niños en mitad de la noche y de repente eres plenamente consciente de que ese cuerpecito que adoras es efímero, cambia a toda velocidad ante tus ojos, se alarga, se redefine, crece, desaparece en un cuerpo nuevo que amarás igual pero que será distinto.
Pero también pasa con el tuyo propio, como si se empeñara en cambiar a tus espaldas: olvidas mirar una temporada tus pies y una buena mañana los redescubres en la ducha y se han convertido en otros. A veces es tu culo, que cambia menos sutilmente porque sueles olvidar mirarlo, o tu tripa, o el incansable vello de tus piernas. Pero lo más perturbador es cuando desaparece tu cara, la de siempre, y descubres una distinta, más arrugada, posiblemente más interesante, pero también con la fecha de caducidad más claramente marcada.
Todos cambiamos, envejecemos, crecemos, nos renovamos todo el tiempo. Todos tenemos un armario invisible con una provisión limitada de cuerpos diferentes que siempre serán el nuestro pero nunca serán iguales al que de momento tenemos. El cine, las imágenes fijas se empeñan siempre en recordárnoslo, para bien...y para mal.
Es posible que el actor en cuestión todavía esté vivo, o no, pero no importa: lo que admiras, lo que provoca según qué reacciones en tu propio cuerpo, ya no existe, no es palpable, comprobable, no habéis coincidido en el tiempo. Te das cuenta entonces que estas viviendo un espejismo, una imagen vacía pero más perturbadora que las que se producen en los desiertos porque está, la que te gusta, sí existió, existió de verdad, en otro tiempo, otro lugar, pero ya no está. De repente tu cuerpo, tu deseo, incluso tu anhelo, quedan enganchados a un fantasma, un ectoplasma que sigue viviendo escondido en el cuerpo real, actual, del actor en cuestión, pero que ya no se manifiesta en su exterior. Como si esa persona,mientras no mirabas, hubiera ido a un armario para colgar ese cuerpo que conoces y vestirse otro que se le parece quizá, como si se disfrazara de sí mismo para burlarte, para disimular, para ser el mismo siendo otro.
Lo más extraño es cuando te paras a pensar que eso ocurre también con la gente que quieres, a cada minuto. Pasas un mes sin ver a tu hermano y en las siguientes navidades su cuerpo es otro, a veces de modo sutil, a veces bruscamente. O de un día para otro tu padre parece haberse echado encima todos los años que no solías recordar que tiene. Arropas a tus niños en mitad de la noche y de repente eres plenamente consciente de que ese cuerpecito que adoras es efímero, cambia a toda velocidad ante tus ojos, se alarga, se redefine, crece, desaparece en un cuerpo nuevo que amarás igual pero que será distinto.
Pero también pasa con el tuyo propio, como si se empeñara en cambiar a tus espaldas: olvidas mirar una temporada tus pies y una buena mañana los redescubres en la ducha y se han convertido en otros. A veces es tu culo, que cambia menos sutilmente porque sueles olvidar mirarlo, o tu tripa, o el incansable vello de tus piernas. Pero lo más perturbador es cuando desaparece tu cara, la de siempre, y descubres una distinta, más arrugada, posiblemente más interesante, pero también con la fecha de caducidad más claramente marcada.
Todos cambiamos, envejecemos, crecemos, nos renovamos todo el tiempo. Todos tenemos un armario invisible con una provisión limitada de cuerpos diferentes que siempre serán el nuestro pero nunca serán iguales al que de momento tenemos. El cine, las imágenes fijas se empeñan siempre en recordárnoslo, para bien...y para mal.
lunes, 16 de agosto de 2010
Cuerpos
De mañana, en la carretera. Un hombre con una moto tipo trial me adelanta. Se mueve como si fuera uno con su máquina, hay algo de baile en el modo como se incorpora de nuevo al carril, me recuerda a los centauros que creyeron ver los indios americanos cuando vieron aparecer a los españoles sobre sus caballos. Inmediatamente me quedo prendada de su maestría, del modo como circula sin esfuerzo, sin conciencia ninguna del peligro, sin aspavientos ni chulería, con total naturalidad, de un modo totalmente distinto a como lo hago yo.
Me imagino entonces que me deslizo en el interior de su cuerpo, que meto mis brazos dentro de los suyos como quien se calza un guante, sólo para sentir lo que él siente, esa calma que le supongo, esa destreza que no parece aprendida. Me imagino sujetando el puño de la moto, mirando la carretera a través de sus ojos,la percepción un poco limitada por el casco, la altura un tanto intimidante de la moto...y de su cuerpo, absolutamente diferente al mío. ¿Cómo será sentir el viento en ese pecho amplio y plano?¿Cómo será sentir tanta seguridad como para soltar el manillar tal y como le estoy viendo hacer? Imagino entonces que es mi mano la que se suelta, imagino la misma sensación que sentía de pequeña cuando paseaba sola en mi bici creyéndome la dueña del mundo y mi destino.
Y si realmente pudiera introducirme en su cuerpo como quien se pone un disfraz ¿qué más cosas descubriría? ¿Cómo será habitar ese cuerpo grande, masculino? ¿Qué vivencias, aparte de las más obvias, proporciona un cuerpo de hombre que no me pueda dar mi propio cuerpo? ¿Y cómo serán esas experiencias "obvias"?¿Qué vivencias nunca tendrá él por no tener un cuerpo como el mío? ¿Y cómo se verá el mundo a través de su mirada? ¿Cogerá los vasos como los cojo yo? ¿Le sabrá el pollo igual que a mí? ¿le llamará "azul" al mismo color que yo? ¿Cuando diga "amor" o "sexo" o "cansancio" se referirá a los mismos conceptos que yo? ¿Sentirá frío a la misma temperatura que yo? ¿Le dolerá el dolor como a mí? Y según me hago preguntas me doy cuenta de que no es sólo un cuerpo, es un laberinto infinito por el que que deambulo, con salas y salas distintas, diferentes, un lugar inmenso en el que resulta muy fácil perderse.
Pero estoy conduciendo y él va más deprisa que yo,una moto se mueve con más agilidad que un coche, así que lo pierdo de vista sin llegar a conocer su nombre, sin ver su cara, sin saber del color de sus ojos, sin que llegue a saber nunca que viajé con él sobre su moto, que estuve de algún modo dentro de él. Ya ves, infinitos universos que aparecen donde menos te lo esperas.
Me imagino entonces que me deslizo en el interior de su cuerpo, que meto mis brazos dentro de los suyos como quien se calza un guante, sólo para sentir lo que él siente, esa calma que le supongo, esa destreza que no parece aprendida. Me imagino sujetando el puño de la moto, mirando la carretera a través de sus ojos,la percepción un poco limitada por el casco, la altura un tanto intimidante de la moto...y de su cuerpo, absolutamente diferente al mío. ¿Cómo será sentir el viento en ese pecho amplio y plano?¿Cómo será sentir tanta seguridad como para soltar el manillar tal y como le estoy viendo hacer? Imagino entonces que es mi mano la que se suelta, imagino la misma sensación que sentía de pequeña cuando paseaba sola en mi bici creyéndome la dueña del mundo y mi destino.
Y si realmente pudiera introducirme en su cuerpo como quien se pone un disfraz ¿qué más cosas descubriría? ¿Cómo será habitar ese cuerpo grande, masculino? ¿Qué vivencias, aparte de las más obvias, proporciona un cuerpo de hombre que no me pueda dar mi propio cuerpo? ¿Y cómo serán esas experiencias "obvias"?¿Qué vivencias nunca tendrá él por no tener un cuerpo como el mío? ¿Y cómo se verá el mundo a través de su mirada? ¿Cogerá los vasos como los cojo yo? ¿Le sabrá el pollo igual que a mí? ¿le llamará "azul" al mismo color que yo? ¿Cuando diga "amor" o "sexo" o "cansancio" se referirá a los mismos conceptos que yo? ¿Sentirá frío a la misma temperatura que yo? ¿Le dolerá el dolor como a mí? Y según me hago preguntas me doy cuenta de que no es sólo un cuerpo, es un laberinto infinito por el que que deambulo, con salas y salas distintas, diferentes, un lugar inmenso en el que resulta muy fácil perderse.
Pero estoy conduciendo y él va más deprisa que yo,una moto se mueve con más agilidad que un coche, así que lo pierdo de vista sin llegar a conocer su nombre, sin ver su cara, sin saber del color de sus ojos, sin que llegue a saber nunca que viajé con él sobre su moto, que estuve de algún modo dentro de él. Ya ves, infinitos universos que aparecen donde menos te lo esperas.
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