Estamos solas en la casa mi abuela y yo. Es tarde y todo está oscuro salvo nosotras, que nos mecemos en el círculo luminoso y trémulo que proporciona una vela.Apenas si se vislumbran las paredes del salón, no existe nada más. El regazo de mi abuela es reconfortante, estoy a gusto en él, feliz, protegida de los monstruos que seguramente viven en las partes más alejadas de la casa.
Mi abuela y yo hablamos sobre el mundo, trivialidades. De repente quiero demostrarle que sé muchas cosas así que le explico que conozco el nombre de muchos pueblos y se los digo: el nombre de mi pueblo, el del lugar donde veraneo y Madrid, donde vive ella. Mi abuela me contesta que hay más y los dice: Barcelona, Sevilla...Las paredes del salón se amplían para dar cabida a este descubrimiento repentino. Entonces me pica la curiosidad, quiero saber cuántos pueblos hay en total, ¿siete?. Ella rie: "más", dice. "No puede haber más de diez", contesto contrariada mientras doy permiso al salón de mala gana para que deje cabida a los diez pueblos. Ella sigue riendo: "hay muchos más". Me está gastando una broma así que la reto para que diga el nombre de todos los pueblos del mundo y compruebe por sí misma que no puede haber más de diez.
Ella vuelve a reír y en ese momento surge de su boca lo imposible: "hay tantos pueblos en el mundo que no me sé todos lo nombres, nadie los sabe". La miro a los ojos para ver si me engaña, pero ella solo ríe y yo no entiendo por qué. A mi alrededor las paredes del salón se han alejado tanto que no consigo verlas. Tampoco está el suelo, solo mi abuela y yo flotando en medio de un vacío negro, vertiginoso e infinito. Hay oscuridad por todas partes, y está llena de monstruos. Tengo ganas de llorar, cierro los ojos.
Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
miércoles, 30 de junio de 2010
martes, 29 de junio de 2010
Vuelos
Le tengo pánico a los aviones, los odio, los soporto cuando no queda más remedio y los evito siempre que puedo. No llego a la situación de algunos que necesitan drogarse o emborracharse para tomarlos pero me ponen muy nerviosa. Hasta hace poco cada vez que nos llamaban para embarcar no podía evitar pensar que mis huesos acabarían mezclados con los de toda esa gente que compartía cola conmigo. Otras veces, cuando han anunciado un retraso por avería, me he quedado debatiéndome entre comportarme como el resto y esperar pacientemente o huir despavorida, convencida de que el aviso es una premonicion de desastre, una oportunidad que me da el destino de escapar a la muerte.
Sin embargo, hubo un tiempo hace ya muchos años en que mi vida era tan caótica, tan absolutamente intensa, tan desgarradora, que sorprendentemente perdí todo miedo a volar. Pensaba que no podía pasar más nervios, más incertidumbre, más dolor y más estremecimientos en un accidente de avión, por mucho que en ello me fuera la vida, que en mi propia vida real. Y durante una corta temporada (el tiempo que necesité para crecer, para reordenar mi vida, para volverla más tranquila, aunque más oscura...hasta que el amor volvió) pude disfrutar del placer de volar.
Era maravilloso mirar por la ventanilla esa inmensa catedral de nubes irreal por la que transitábamos como si nada, mirar allá abajo lo que seguro eran enormes cargueros zarandeados por las olas y que a mí me parecían diminutos barquitos en paseos placenteros. Me costaba imaginar que en una misma realidad pudiéramos estar yo, al sol, mecida por mi pájaro de metal, viajando entre algodones, y los marineros allá abajo, ateridos de frío, rezumando humedad, en medio de montones de hierros repintados u oxidados, empujados por las corrientes y las olas, solos, lejos de su gente.
Recuerdo incluso en medio de aquella vorágine en que se convirtió mi vida un viaje en avioneta particulermente hermoso, sólo 7 personas en el aparato, sentados junto a los pilotos. Nos habían dejado en cada asiento una bandejita con papel film en la que había una manzana, un zumo, unas galletas y un sandwich. Nos dieron antes de partir unos tapones para los oidos que acabaron siendo necesarios por lo que no hablamos los unos con los otros. La avioneta volaba a baja altura y el paisaje era sobrecogedor: nubes en enormes columnas como no he vuelto a ver entre las que deambulábamos, abajo un inacabable tapiz verde oscuro del que adivinaba una vegetación desconocida para mí, árboles y más arboles que no dejaban ver al color del suelo, y un serpenteante río desgarrándolo, con sus meandros muertos, sus islas, sus curvas absurdas. Fue increible. A la llegada al extraño aeropuerto privado, un pequeño edificio en medio de la nada, el pasajero que había estado sentado frente a mí todo el trayecto me dió un papel y me pidió que no lo leyera hasta el día siguiente. Luego se marchó dejándome perpleja para volver dos minutos más tarde preguntándome si no me importaba intercambiar la manzana que yo todavía llevaba en la mano por la suya. Lo hice. No he vuelto a saber de él.
El tiempo ha pasado y los aviones vuelven a asustarme mucho. Lo disimulo, para eso soy adulta, para disimular entre otras cosas. No he vuelto a algunas de las locuras que hacía al principio de volar, como visitar capillas de aeropuertos o imaginar desastres espantosos, pero sigue sin gustarme nada despegar los pies del suelo (quien lo díría de una aventurera de la irrealidad como yo!).
Y quizá porque una cosa va relacionada co la otra, la intensidad con lo inesperado, la calma con lo previsible, no he vuelto a tener extraños encuentros con desconocidos en ningún vuelo, nadie ha vuelto a entregarme una carta de amor en un aeropuerto ni he vuelto a admirar paisajes como aquel. Sé que suena hermoso al escribirlo pero no quiero hacer trampas: aquella etapa de mi vida fue intensa pero tambien fue muy dura, un tipo de dureza muy diferente a la de ahora, más calmada, más interna, más callada. Por eso siempre me debato en la duda, quizá porque no sé vivir en la calma sin que se me apaguen las cosas, o vivir en la intensidad sin quemarlo todo. ¿Habrá manueles en internet para aprender a volar en el justo punto medio?
Sin embargo, hubo un tiempo hace ya muchos años en que mi vida era tan caótica, tan absolutamente intensa, tan desgarradora, que sorprendentemente perdí todo miedo a volar. Pensaba que no podía pasar más nervios, más incertidumbre, más dolor y más estremecimientos en un accidente de avión, por mucho que en ello me fuera la vida, que en mi propia vida real. Y durante una corta temporada (el tiempo que necesité para crecer, para reordenar mi vida, para volverla más tranquila, aunque más oscura...hasta que el amor volvió) pude disfrutar del placer de volar.
Era maravilloso mirar por la ventanilla esa inmensa catedral de nubes irreal por la que transitábamos como si nada, mirar allá abajo lo que seguro eran enormes cargueros zarandeados por las olas y que a mí me parecían diminutos barquitos en paseos placenteros. Me costaba imaginar que en una misma realidad pudiéramos estar yo, al sol, mecida por mi pájaro de metal, viajando entre algodones, y los marineros allá abajo, ateridos de frío, rezumando humedad, en medio de montones de hierros repintados u oxidados, empujados por las corrientes y las olas, solos, lejos de su gente.
Recuerdo incluso en medio de aquella vorágine en que se convirtió mi vida un viaje en avioneta particulermente hermoso, sólo 7 personas en el aparato, sentados junto a los pilotos. Nos habían dejado en cada asiento una bandejita con papel film en la que había una manzana, un zumo, unas galletas y un sandwich. Nos dieron antes de partir unos tapones para los oidos que acabaron siendo necesarios por lo que no hablamos los unos con los otros. La avioneta volaba a baja altura y el paisaje era sobrecogedor: nubes en enormes columnas como no he vuelto a ver entre las que deambulábamos, abajo un inacabable tapiz verde oscuro del que adivinaba una vegetación desconocida para mí, árboles y más arboles que no dejaban ver al color del suelo, y un serpenteante río desgarrándolo, con sus meandros muertos, sus islas, sus curvas absurdas. Fue increible. A la llegada al extraño aeropuerto privado, un pequeño edificio en medio de la nada, el pasajero que había estado sentado frente a mí todo el trayecto me dió un papel y me pidió que no lo leyera hasta el día siguiente. Luego se marchó dejándome perpleja para volver dos minutos más tarde preguntándome si no me importaba intercambiar la manzana que yo todavía llevaba en la mano por la suya. Lo hice. No he vuelto a saber de él.
El tiempo ha pasado y los aviones vuelven a asustarme mucho. Lo disimulo, para eso soy adulta, para disimular entre otras cosas. No he vuelto a algunas de las locuras que hacía al principio de volar, como visitar capillas de aeropuertos o imaginar desastres espantosos, pero sigue sin gustarme nada despegar los pies del suelo (quien lo díría de una aventurera de la irrealidad como yo!).
Y quizá porque una cosa va relacionada co la otra, la intensidad con lo inesperado, la calma con lo previsible, no he vuelto a tener extraños encuentros con desconocidos en ningún vuelo, nadie ha vuelto a entregarme una carta de amor en un aeropuerto ni he vuelto a admirar paisajes como aquel. Sé que suena hermoso al escribirlo pero no quiero hacer trampas: aquella etapa de mi vida fue intensa pero tambien fue muy dura, un tipo de dureza muy diferente a la de ahora, más calmada, más interna, más callada. Por eso siempre me debato en la duda, quizá porque no sé vivir en la calma sin que se me apaguen las cosas, o vivir en la intensidad sin quemarlo todo. ¿Habrá manueles en internet para aprender a volar en el justo punto medio?
lunes, 28 de junio de 2010
Comienza el viaje
Estoy parada delante de un hueco enorme que a veces se abre ante mis pies. Es un pozo estrecho y oscuro del que no conozco la profundidad, apenas entrevista cuando alguna vez he lanzado una piedra a su interior sin llegar nunca a oir el sonido que debería hacer al chocar contra el fondo.
Lo miro cansada de encontrármelo cuando menos lo espero, cansada de rodearlo, de fingir aterrada que no está y seguir mi camino, así que pertrechada con todo mi hastío, mi miedo, mi poco de rabia y el convencimiento de que no puede ser peor estar parada delante de este precipicio que explorarlo, agarro una cuerda y me dispongo a bajar.
En ese instante recuerdo que le pedí que fuera ella mi cuerda, mi asidero en esta exploración que tanto me asusta y me atrae, le pedí que fuera la luz que marca el camino de regreso a casa, la voz que me recordara en medio de la previsible oscuridad que sigue existiendo el sol ahí fuera, que se convirtiera en mi ancla, en mi acompañante secreta, pero no quiso. Contestó que ella ya había estado mucho tiempo en el lugar donde quiero ir y que allí sólo se puede ir sola, se dió la vuelta y empezó a alejarse. Sin despedidas, sin parabienes, nada. Me quedé mirando su espalda sin entender por qué se negaba a ayudarme, a acompañarme, por qué nunca le caí bien.
De repente se paró y, sin volverse a mirar, me dijo que me tomara un tiempo para pensarlo con detenimiento, como si mi decisión de bajar al pozo fuera un capricho, una inconsistencia de niña malcriada, la ventolera de una descerebrada o el desafío de una adolescente desnortada. Le contesté con toda la serenidad que pude reunir que era una decisión meditada, que tenía una magen en mi cabeza que necesitaba concretar. Entonces sí, se volvió a mirarme ligeramente asombrada, como si de mí no pudiera esperar una contestación sensata, y me dijo que si quería podía contarle mi viaje a la vuelta, que estaría allí para escucharme. No pude evitar una sonrisa entre irónica y triste y le contesté: "claro". La vi alejarse sin mirar una sola vez atrás, imagino que aliviada de librarse de mí, nunca he sabido por qué no me apreciaba. Demasiadas palabras, quizá.
Vuelvo al presente y miro el precipio profundo y oscuro que me acompaña desde hace tanto. Con un suspiro me ato la cuerda a la cintura sin encontrar un punto de anclaje para el otro extremo. "Bien- me digo- si tiene que ser así, que sea". Me siento en el borde buscando donde asegurar mis pies, al fondo no se ve nada, está muy oscuro. Ya no pienso en monstruos ni arañas ni muerte, nada, la decisión está tomada. Voy deslizándome poco a poco en su interior y, cuando estoy a punto de meter mi cabeza en esa oscuridad, asustada como nunca, sin saber si encontraré el camino de vuelta, si no se romperán demasiadas cosas valiosas en este empeño, recuerdo que sí tengo anclas fuera, anclas de bracitos delgados y mirada firme, de amor infinito, de realidad tangible y caliente, de necesidad perentoria y besos pequñitos...sí, volveré, no sé cómo, pero volveré.
Lo miro cansada de encontrármelo cuando menos lo espero, cansada de rodearlo, de fingir aterrada que no está y seguir mi camino, así que pertrechada con todo mi hastío, mi miedo, mi poco de rabia y el convencimiento de que no puede ser peor estar parada delante de este precipicio que explorarlo, agarro una cuerda y me dispongo a bajar.
En ese instante recuerdo que le pedí que fuera ella mi cuerda, mi asidero en esta exploración que tanto me asusta y me atrae, le pedí que fuera la luz que marca el camino de regreso a casa, la voz que me recordara en medio de la previsible oscuridad que sigue existiendo el sol ahí fuera, que se convirtiera en mi ancla, en mi acompañante secreta, pero no quiso. Contestó que ella ya había estado mucho tiempo en el lugar donde quiero ir y que allí sólo se puede ir sola, se dió la vuelta y empezó a alejarse. Sin despedidas, sin parabienes, nada. Me quedé mirando su espalda sin entender por qué se negaba a ayudarme, a acompañarme, por qué nunca le caí bien.
De repente se paró y, sin volverse a mirar, me dijo que me tomara un tiempo para pensarlo con detenimiento, como si mi decisión de bajar al pozo fuera un capricho, una inconsistencia de niña malcriada, la ventolera de una descerebrada o el desafío de una adolescente desnortada. Le contesté con toda la serenidad que pude reunir que era una decisión meditada, que tenía una magen en mi cabeza que necesitaba concretar. Entonces sí, se volvió a mirarme ligeramente asombrada, como si de mí no pudiera esperar una contestación sensata, y me dijo que si quería podía contarle mi viaje a la vuelta, que estaría allí para escucharme. No pude evitar una sonrisa entre irónica y triste y le contesté: "claro". La vi alejarse sin mirar una sola vez atrás, imagino que aliviada de librarse de mí, nunca he sabido por qué no me apreciaba. Demasiadas palabras, quizá.
Vuelvo al presente y miro el precipio profundo y oscuro que me acompaña desde hace tanto. Con un suspiro me ato la cuerda a la cintura sin encontrar un punto de anclaje para el otro extremo. "Bien- me digo- si tiene que ser así, que sea". Me siento en el borde buscando donde asegurar mis pies, al fondo no se ve nada, está muy oscuro. Ya no pienso en monstruos ni arañas ni muerte, nada, la decisión está tomada. Voy deslizándome poco a poco en su interior y, cuando estoy a punto de meter mi cabeza en esa oscuridad, asustada como nunca, sin saber si encontraré el camino de vuelta, si no se romperán demasiadas cosas valiosas en este empeño, recuerdo que sí tengo anclas fuera, anclas de bracitos delgados y mirada firme, de amor infinito, de realidad tangible y caliente, de necesidad perentoria y besos pequñitos...sí, volveré, no sé cómo, pero volveré.
sábado, 26 de junio de 2010
Intranscendencias
Hoy podemos hablar del tiempo, de si este verano es más o menos caluroso que el del año pasado, como si nos encontrármos en el ascensor de tu portal o del mío y llenáramos el tiempo de palabras para no sentirnos ni demasiado solos estando acompañados ni demasiado cerca. O podemos comentar el partido, hablar de cómo nos va en el mundial, de si las decisiones de Del Bosque son o no acertadas, de lo que hubieras hecho tú de estar en su lugar, de si merecimos o no cada uno de los resultados de los tres partidos.
Podemos comentarnos la última película que nos gustó, decirnos que era muy buena, que la fotografía, los actores, la música, la historia, hablar de ellas de un modo displicente, para expresar sin llegar a decirlo que fue una experiencia importante, que nos tocó, jugar a través de una conversación sobre cine a mostrarnos sin mostrarnos, a revelarnos sin que el otro sepa que los estamos haciendo.
Podemos comentar una noticia de actualidad, la que prefieras, algo no demasiado doloroso, algo indignante mejor, la indignación está bien vista socialmente y no duele, podemos pasar así el rato, hablando de cosas lejanas que no nos tocan en realidad aunque parezca que sí.
Podemos salir a cenar para reir intrascendencias, para contar muy veladamente sinsabores y duelos cotidianos, tan veladamente que nunca podrás hacerme jurar que yo dije nada de lo que tu entiendas.
Podemos hablar de los niños, los niños son muy socorridos, nos permiten vernos como responsables, entregados, amantes, padres desbordados o amorosos, nos permiten mostrar una cara adulta y aparentemente serena, proque no contaremos nunca de verdad y hasta el fondo aquellos momentos en los que nos comportamos con ellos como ogros, el dolor que todavía nos produce sabernos monstruos intermitentes, o fantasmas alejados de sus risas, viviendo en el Polo Norte de los sentimientos y fingiendo que escuchamos lo que dicen.
Podmos emborracharnos, jugar a la nintendo, tender la ropa, ordenar los armarios, organizar la semana, barrer el suelo, planchar la montaña de ropa atrasada, ir al gimnasio, buscar una academia, hacer de taxista familiar, estudiar el instrumento... Podemos hacer cualquier cosa que tú quieras, cualquiera que me permita esconderme de un modo elegante, cualquiera que no implique que te cuente como estoy. Porque hoy no quiero hablar de eso, no quiero hablar de cómo estoy.
Podemos comentarnos la última película que nos gustó, decirnos que era muy buena, que la fotografía, los actores, la música, la historia, hablar de ellas de un modo displicente, para expresar sin llegar a decirlo que fue una experiencia importante, que nos tocó, jugar a través de una conversación sobre cine a mostrarnos sin mostrarnos, a revelarnos sin que el otro sepa que los estamos haciendo.
Podemos comentar una noticia de actualidad, la que prefieras, algo no demasiado doloroso, algo indignante mejor, la indignación está bien vista socialmente y no duele, podemos pasar así el rato, hablando de cosas lejanas que no nos tocan en realidad aunque parezca que sí.
Podemos salir a cenar para reir intrascendencias, para contar muy veladamente sinsabores y duelos cotidianos, tan veladamente que nunca podrás hacerme jurar que yo dije nada de lo que tu entiendas.
Podemos hablar de los niños, los niños son muy socorridos, nos permiten vernos como responsables, entregados, amantes, padres desbordados o amorosos, nos permiten mostrar una cara adulta y aparentemente serena, proque no contaremos nunca de verdad y hasta el fondo aquellos momentos en los que nos comportamos con ellos como ogros, el dolor que todavía nos produce sabernos monstruos intermitentes, o fantasmas alejados de sus risas, viviendo en el Polo Norte de los sentimientos y fingiendo que escuchamos lo que dicen.
Podmos emborracharnos, jugar a la nintendo, tender la ropa, ordenar los armarios, organizar la semana, barrer el suelo, planchar la montaña de ropa atrasada, ir al gimnasio, buscar una academia, hacer de taxista familiar, estudiar el instrumento... Podemos hacer cualquier cosa que tú quieras, cualquiera que me permita esconderme de un modo elegante, cualquiera que no implique que te cuente como estoy. Porque hoy no quiero hablar de eso, no quiero hablar de cómo estoy.
viernes, 25 de junio de 2010
Objetos
Alguien muy joven y muy reflexivo me ha dicho hoy que estamos tan llenos de sentimientos que necesitamos colocarlos en cualquier lugar, incluso en una casa, cuando una casa finalmente no es más que tierra, arena y guijarros.Y tiene razón.
Hoy hemos dejado la casa en la que hemos vivido diez años. Es una casa que nunca me gustó especialmente, una casa de compromiso, un lugar que sirvió adecuadamente a nuestras necesidades y poco más. La compramos de segunda mano así que de ella no elegimos nada, nos limitamos a aceptarla como estaba, con su cocina de roble oscuro, sus azulejos con relieves de flores, su pasillo y sus habitaiones pequeñas, pero también con su enorme salón, su baño luminoso, su luz a raudales y su tamaño perfecto.
Una casa es solo una casa, el lugar que te protege del frío (y de los malos cuando duermes), el lugar que te permite quitarte los zapatos y la coraza para ser tú con todas tus miserias y tus gracias, el lugar donde compones tu comida, donde acumulas tus objetos, donde tejes tu vida íntima, donde te enfrentas a tu cuerpo y sus cambios. Sé por experiencia que generalmente tanto vale un lugar como otro, solemos acabar construyendo nuestros nidos donde podemos y con lo que podemos, y una casa no deja de ser un acúmulo de muros, ladrillos, planos y huecos más o menos bien distribuidos.
Pero debe ser cierto que tenemos tantos sentimientos que necesitamos colocarlos en cualquier lugar, afarrar nuestros recuerdos a cosas físicas para que nos se pierdan en el océano infinito de nuestras neuronas. Quizá por eso revestimos de entidad a una madera plana ("aquí fue donde colocamos el metro para medir cómo crecían los niños"), a un habitáculo ("aquí dormíamos todos juntos en el suelo cuando nació la niña"), a una mesa cualquiera ("aquí echamos un polvo glorioso"), porque nos da miedo olvidar, porque nos parece que junto a las cosas que nos acompañaban nuestros recuerdos están a salvo, como si las paredes de la casa pudieran realmente contar lo que pasó, lo que ya no sabemos, lo que ya no tenemos en mente.
Cuando era niña me resultaba incomprensible la facilidad con que los mayores se deshacían de objetos, casas, coches, sin tener en cuenta para nada la carga emocional que tenían. Ahora lo que no sé es cuándo me convertí yo en mayor, cómo aprendí a no escuchar esa voz tan clara, tan potente, que me decía que tras cada objeto hay una historia, que tras cada lugar habitado y luego abandonado, se queda gran parte de nuestra vida, de nuestro hilo, de nuestra historia. Pero quizá la vida sea esto, este lento despojarse de cosas, de historias, de recuerdos, de anhelos, de traumas, de llantos, de risas, para acabar marchándonos como vinimos,desnudos, sencillos, puros.
Hoy hemos dejado la casa en la que hemos vivido diez años. Es una casa que nunca me gustó especialmente, una casa de compromiso, un lugar que sirvió adecuadamente a nuestras necesidades y poco más. La compramos de segunda mano así que de ella no elegimos nada, nos limitamos a aceptarla como estaba, con su cocina de roble oscuro, sus azulejos con relieves de flores, su pasillo y sus habitaiones pequeñas, pero también con su enorme salón, su baño luminoso, su luz a raudales y su tamaño perfecto.
Una casa es solo una casa, el lugar que te protege del frío (y de los malos cuando duermes), el lugar que te permite quitarte los zapatos y la coraza para ser tú con todas tus miserias y tus gracias, el lugar donde compones tu comida, donde acumulas tus objetos, donde tejes tu vida íntima, donde te enfrentas a tu cuerpo y sus cambios. Sé por experiencia que generalmente tanto vale un lugar como otro, solemos acabar construyendo nuestros nidos donde podemos y con lo que podemos, y una casa no deja de ser un acúmulo de muros, ladrillos, planos y huecos más o menos bien distribuidos.
Pero debe ser cierto que tenemos tantos sentimientos que necesitamos colocarlos en cualquier lugar, afarrar nuestros recuerdos a cosas físicas para que nos se pierdan en el océano infinito de nuestras neuronas. Quizá por eso revestimos de entidad a una madera plana ("aquí fue donde colocamos el metro para medir cómo crecían los niños"), a un habitáculo ("aquí dormíamos todos juntos en el suelo cuando nació la niña"), a una mesa cualquiera ("aquí echamos un polvo glorioso"), porque nos da miedo olvidar, porque nos parece que junto a las cosas que nos acompañaban nuestros recuerdos están a salvo, como si las paredes de la casa pudieran realmente contar lo que pasó, lo que ya no sabemos, lo que ya no tenemos en mente.
Cuando era niña me resultaba incomprensible la facilidad con que los mayores se deshacían de objetos, casas, coches, sin tener en cuenta para nada la carga emocional que tenían. Ahora lo que no sé es cuándo me convertí yo en mayor, cómo aprendí a no escuchar esa voz tan clara, tan potente, que me decía que tras cada objeto hay una historia, que tras cada lugar habitado y luego abandonado, se queda gran parte de nuestra vida, de nuestro hilo, de nuestra historia. Pero quizá la vida sea esto, este lento despojarse de cosas, de historias, de recuerdos, de anhelos, de traumas, de llantos, de risas, para acabar marchándonos como vinimos,desnudos, sencillos, puros.
jueves, 24 de junio de 2010
Resaca
Estoy de resaca. No es una resaca de alcohol sino de poco dormir. Ayer, en la playa, esperamos a las doce para comenzar con los rituales de la noche (la quema de papeles con lo que queremos eliminar de nuestra vida, el salto de las siete olas pidiendo siete cosas buenas y, claro, el baño nocturno) y hoy estamos todos para el arrastre.
Es curioso el velo de irrealidad que se instala entre nosotros y la vida cuando estamos resacosos. Todo se vuelve más lento, más blando, más pesado y parece como si la gente no supiera hablar bien porque nos cuesta entender lo que dicen. La cabeza se va de paseo a menudo sin que nos demos cuenta y nos descubrimos de repente a mil kilómetros de donde estamos, a veces enganchados en una frase, un color, una idea, un recuerdo. Y mientras la vida sigue a ritmo normal pasando por nuestro lado, como si tuviéramos amnesia y nos quedaran agujeros, lagunas en nuestra linea de tiempo.
El cuerpo también está distinto, más mazacote, más torpe, más, mucho más pesado. Pero también tiene una sugestiva cualidad lánguida, queda de repente la mar de bien tumbado sobre cualquier superficie plana más o menos mullida. Nos dan ataques de mantas, cojines, edredones, como si nuestras células necesitaran suavidad, blandura, como si el cuerpo nos pidiera nube, abrazo, olvido, paz.
Por eso en estos días los menores contratiempos se nos vuelven montañas gigantes imposibles de rodear, cualquier movimiento rápido es una afrenta, cualquier ruido un insulto, cualquier demanda de trabajo una crueldad tremenda. Quizá es que cuando nos ponemos así nos volvemos un poco gatos, hermosos, sinuosos, despistados, elegantes y vagos.
Dicen que antes en las islas Hawai la gente entendía perfectamente que a veces nos ponemos tristes y necesitamos bajar el ritmo, estar solos, descansar. Cuando eso le ocurría a alguien el resto sencillamente le dejaba espacio y asumía sus tareas hasta que se encontrar mejor, ya sabéis, hoy por tí mañana por mí. Sería estupendo que eso pasara aquí (por lo menos sería estupendo que pasara cuando somos nosotros los cansados!). Imaginad unos de estos días en que te descubres pesada, cansada, resacosa de no se sabe qué y pudieras quedarte en casa en soledad, sin hacerte cargo de nadie ni de nada, leyendo, dormitando, viendo en la tele lo que te apetece, comiendo a ratos y bebiendo muchos zumos, tumbado evidentemente, descansando sin más y sin remordimientos. Para mí sería el paraíso (y para algunos que conozco el infierno en la tierra!).
Pero a falta de vivir en Hawai descansemos ahora, cuando por fin es de noche y la mayoría podemos descansar un ratito antes de fundirnos en negro hasta reaparecer mañana. Porque es cierto, mañana será otro día.
Buenas noches, cansados y resacosos del mundo.
Es curioso el velo de irrealidad que se instala entre nosotros y la vida cuando estamos resacosos. Todo se vuelve más lento, más blando, más pesado y parece como si la gente no supiera hablar bien porque nos cuesta entender lo que dicen. La cabeza se va de paseo a menudo sin que nos demos cuenta y nos descubrimos de repente a mil kilómetros de donde estamos, a veces enganchados en una frase, un color, una idea, un recuerdo. Y mientras la vida sigue a ritmo normal pasando por nuestro lado, como si tuviéramos amnesia y nos quedaran agujeros, lagunas en nuestra linea de tiempo.
El cuerpo también está distinto, más mazacote, más torpe, más, mucho más pesado. Pero también tiene una sugestiva cualidad lánguida, queda de repente la mar de bien tumbado sobre cualquier superficie plana más o menos mullida. Nos dan ataques de mantas, cojines, edredones, como si nuestras células necesitaran suavidad, blandura, como si el cuerpo nos pidiera nube, abrazo, olvido, paz.
Por eso en estos días los menores contratiempos se nos vuelven montañas gigantes imposibles de rodear, cualquier movimiento rápido es una afrenta, cualquier ruido un insulto, cualquier demanda de trabajo una crueldad tremenda. Quizá es que cuando nos ponemos así nos volvemos un poco gatos, hermosos, sinuosos, despistados, elegantes y vagos.
Dicen que antes en las islas Hawai la gente entendía perfectamente que a veces nos ponemos tristes y necesitamos bajar el ritmo, estar solos, descansar. Cuando eso le ocurría a alguien el resto sencillamente le dejaba espacio y asumía sus tareas hasta que se encontrar mejor, ya sabéis, hoy por tí mañana por mí. Sería estupendo que eso pasara aquí (por lo menos sería estupendo que pasara cuando somos nosotros los cansados!). Imaginad unos de estos días en que te descubres pesada, cansada, resacosa de no se sabe qué y pudieras quedarte en casa en soledad, sin hacerte cargo de nadie ni de nada, leyendo, dormitando, viendo en la tele lo que te apetece, comiendo a ratos y bebiendo muchos zumos, tumbado evidentemente, descansando sin más y sin remordimientos. Para mí sería el paraíso (y para algunos que conozco el infierno en la tierra!).
Pero a falta de vivir en Hawai descansemos ahora, cuando por fin es de noche y la mayoría podemos descansar un ratito antes de fundirnos en negro hasta reaparecer mañana. Porque es cierto, mañana será otro día.
Buenas noches, cansados y resacosos del mundo.
miércoles, 23 de junio de 2010
Quemar lo viejo.
Dentro de un rato nos marcharemos a la playa, junto con un montón de personas más, a celebrar la noche más corta del año, la de San Juan. Iremos llegando poco a poco, con nuestros sempiternos coches formando atascos, los más tempraneros para aprovechar el baño y el sol, para acotar nuestro espacio de arena ante la avalancha posterior.
Hemos aprendido con los años, ahora no tenemos que buscar algo que quemar entre las dunas (nuestra primera hoguera fue heroica...y patética, duró unos 5 minutos), los niños aprovechan para quemar apuntes y libros de clase (algo que me parece ligeramente inquietante, no me acostumbro a la idea de quemar libros, por aburridos y superfluos que sean), cenamos tan ricamente antes de que la cosa se ponga más trascendente y, cuando ya estamos congelados (porque hasta en las playas se pasa frío)y muertos de sueño, nos marchamos a la siguiente odisea: llegar a casa en medio del tráfico endiblado y conseguir meternos en la cama libres de arena.
Es cierto que no le llegamos a la suela del zapato a algunos profesionales del 23 de Junio que van cargados de leña de la mejor calidad, vestidos impolutamente de blanco, con antorchas para delimitar su terreno y llenos de rituales que supongo ancestrales para deshacerse de todo lo viejo y ofrontar la noche con toda la magia que tiene...o eso dicen. Bueno, es verdad que la tiene, no tanto en lo esotérico (o yo no lo veo) como en la gente convocada de repente a ese lugar en mitad de la noche, llegando de no se sabe dónde, como una plaga bíblica e inevitable, o la hermosura de todas las hogueras iluminando la playa como estrellas amarillas, las caras de la gente que se vuelven hermosas con la luz del fuego..y el fuego mismo, tan hipnótico, tan antiguo, tan peligroso y tan compañero. Y la noche, esa noche que no suelo vivir, acompañada de mis niños, que lo miran todo con sus ojos tan nuevos, que me permiten mirar como desde un lugar lejano y alto, llena de añoranza por no saber ya conquistar los placeres y los misterior que ellos disfrutan sólo por respirar.
Sí, ayer os dije que iba a explorar el fuego, sin recordar para nada la noche de hoy. Quizá sea un buen momento para empezar (si es que no he empezado ya, je, je). Puedo buscar alguna de esas cosas que todos queremos dejar atrás y saltar la hoguera para conseguirlo, puedo ir tras algún deseo insondable y pedírselo a las brujas que se supone campan a sus anchas esta noche, puedo buscar algún grupo loco, que seguro los habrá, que caminan sobre las brasas,y atreverme a quemarme los pies...o a salir indemne y sorprendida de la experiencia. Puedo bañarme vestida saltando las olas como hacen muchos, o pasear por la playa analizando el fuego, los fuegos, y la gente que los invoca, que los provoca como si no fueran peligrosos, como si no hablaran a los rincones oscuros, los carbones latentes en nuestros pechos.
Hoy es la noche de San Juan, una noche mágica y extraña. Disfrutadla.
Hemos aprendido con los años, ahora no tenemos que buscar algo que quemar entre las dunas (nuestra primera hoguera fue heroica...y patética, duró unos 5 minutos), los niños aprovechan para quemar apuntes y libros de clase (algo que me parece ligeramente inquietante, no me acostumbro a la idea de quemar libros, por aburridos y superfluos que sean), cenamos tan ricamente antes de que la cosa se ponga más trascendente y, cuando ya estamos congelados (porque hasta en las playas se pasa frío)y muertos de sueño, nos marchamos a la siguiente odisea: llegar a casa en medio del tráfico endiblado y conseguir meternos en la cama libres de arena.
Es cierto que no le llegamos a la suela del zapato a algunos profesionales del 23 de Junio que van cargados de leña de la mejor calidad, vestidos impolutamente de blanco, con antorchas para delimitar su terreno y llenos de rituales que supongo ancestrales para deshacerse de todo lo viejo y ofrontar la noche con toda la magia que tiene...o eso dicen. Bueno, es verdad que la tiene, no tanto en lo esotérico (o yo no lo veo) como en la gente convocada de repente a ese lugar en mitad de la noche, llegando de no se sabe dónde, como una plaga bíblica e inevitable, o la hermosura de todas las hogueras iluminando la playa como estrellas amarillas, las caras de la gente que se vuelven hermosas con la luz del fuego..y el fuego mismo, tan hipnótico, tan antiguo, tan peligroso y tan compañero. Y la noche, esa noche que no suelo vivir, acompañada de mis niños, que lo miran todo con sus ojos tan nuevos, que me permiten mirar como desde un lugar lejano y alto, llena de añoranza por no saber ya conquistar los placeres y los misterior que ellos disfrutan sólo por respirar.
Sí, ayer os dije que iba a explorar el fuego, sin recordar para nada la noche de hoy. Quizá sea un buen momento para empezar (si es que no he empezado ya, je, je). Puedo buscar alguna de esas cosas que todos queremos dejar atrás y saltar la hoguera para conseguirlo, puedo ir tras algún deseo insondable y pedírselo a las brujas que se supone campan a sus anchas esta noche, puedo buscar algún grupo loco, que seguro los habrá, que caminan sobre las brasas,y atreverme a quemarme los pies...o a salir indemne y sorprendida de la experiencia. Puedo bañarme vestida saltando las olas como hacen muchos, o pasear por la playa analizando el fuego, los fuegos, y la gente que los invoca, que los provoca como si no fueran peligrosos, como si no hablaran a los rincones oscuros, los carbones latentes en nuestros pechos.
Hoy es la noche de San Juan, una noche mágica y extraña. Disfrutadla.
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