Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
domingo, 30 de enero de 2011
La insoportable levedad del ser
miércoles, 26 de enero de 2011
En paralelo
Va con ella a todas partes, la acompaña todo el tiempo, incluso en las cosas más aburridas, más cotidianas, las más normales y corrientes. Ella le va contando lo que ven, le explica el mundo, ríen con los problemas que da manejar una lengua que no es la propia.
El es un hombre hermoso, no a la manera obvia, nadie se vuelve a su paso, es de ese tipo de gente en el que tienes que fijarte dos veces para apreciar su atractivo. Porque lo tiene, ella lo sabe, le ha visto desnudo, y desafiante, y asustado, y enfadado, y obcecado, le ha visto como no ha visto nunca a ningún hombre de su entorno. Y no, no se han acostado.
Cuando está con el se siente otra, se siente por fuera la que sabe que es por dentro, o una de las muchas que ella es al menos, una menos madre, menos despeinada o agobiada, una con una vida digna de ser mirada. Y eso es lo que él hace constantemente, mirar su vida, escucharla sin juzgar, preguntar para que ella pueda explicarse a sí misma de nuevo, para recolocar el pasado y el presente, aunque esta vez en otro idioma. Pero a ella le gusta la dificultad, el tener que buscar cada palabra le ayuda a ser más clara, más concisa, le permite pensar entre frase y frase.
Así le ha contado a él, que la mira con esos ojos de un azul imposible (ojos que a veces parecen cambiar de color, que fingen ser menos apabullantes de lo que son, un reflejo quizá de su personalidad, tan considerado siempre con los otros), le ha contado cosas que no le ha dicho a nadie, se ha permitido lamentos y tristezas que no se pueden enseñar a los que quieres porque les hieres. También le ha explicado los lugares por los que pasan, la bahía, las calles, el colegio, las palmeras, y eso hace que ella misma vuelva a mirarlos con ojos nuevos, que redescubra sus portentos, enmascarados por las prisas y la costumbre.
A ella le gustaría tocarle, contemplar su cara detenidamente, verle sonreír, le gustaría poder parar el coche en cualquier cuneta para mirarle de frente y no sólo por el espejo retrovisor o de reojo mientras conduce. Pero como no puede se dedica a saborear cada una de las inflexiones de esa preciosa voz grave que tiene, de su capacidad para la risa, de sus silencios pensativos cuando la escucha con la cabeza ligeramente ladeada.
Luego llega a casa y él desaparece, o se esconde detrás suyo fingiendo no estar todo el tiempo con ella. Y de vez en cuando le muestra sus ojos en una mueca burlona desde la esquina del salón, o dentro del armario, o al salir del cuarto de baño, y ella se siente confusa, no sabe cómo conciliar esa vida imaginaria con la real, no sabe ni siquiera si está bien tener esa vida de mentira que tanta energía le requiere. Y le gustaría poder convocarlo en sueños, hacer que se le aparezca mientras duerme, en ese mundo donde todo está permitido, donde no tienes responsabilidad ninguna por lo que ocurre. Y allí sí, tocarlo por fin, besarlo y desnudarlo despacio mientras siente su manos acariciando su cuerpo.
martes, 18 de enero de 2011
Serpientes
Las chiribitas extrañas que habitan mi pecho están hoy de fiesta, se mueven, bailan, me marean con sus siseos imperceptibles en mi oreja. Por un lado las voces de la cordura recomendando paciencia, por otro las del optimismo infundado pintando cuadros de amaneceres infinitos y alas de angel colgadas de mi espalda. Están también las voces negras que vierten veneno en mi oido, que me dicen "estás muerta, nada va a cambiar, porque los muertos no cambian", esas arpías que se rien de mis intentos de sonrisa, que festejan mis nubes como un modo de ceguera, que esperan que pierda el equilibrio, que no aguante arriba del alambre, mirando hacia arriba, esperando, esperando todo el tiempo con los brazos abiertos a que caiga hacia ellas para devorarme.
Y no sé cómo les hago el juego ni cómo puedo combatirlas, no distingo el método, no sé qué precodimientos las favorecen y cuales las neutralizan. Intento mantener mi fachada de mujer eficiente, y supongo que para los deconocidos lo hago muy bien, pero los míos me conocen, me saben, me descubren enseguida.
Y la incetidumbre, ahora lo sé, se contagia. El miedo, la desesperación, este estar en tierra de nadie. Toma otras razones, se adapta a cada cuerpo, a cada vida, pero se contagia.Y de repente, en la casa crecen las enredadres tapándolo todo, haciendo intransitables los caminos más sencillos, y discutimos por nada, y todos tenemos ganas de llorar por tonterías...y todos estamos asustados de que alguien sucumba y comience a llorar porque el resto caériamos detrás como fichas de dominó, y alguien debe mantener la calma, alguien debe seguir cuidando el fuerte, o eso se supone, hay gente que proteger, y guiar, y ayudar. Sería de risa si no fuera tan absurdo.
Me voy de viaje, a ver si fuera de mí me encuentro, si haciendo algo distinto (¿algo distinto?) me reconozco y me calmo, y consigo escribirte algo sin peso, algo liviano, algo de diario por la noche, no una peli de arte y ensayo.
lunes, 17 de enero de 2011
Luz
No sale nunca de la casa, aunque tiene ganas. Se dedica a mirar por las ventanas el paisaje dibujado más allá: las montañas lejanas y cambiantes, a veces violetas, a veces tan nítidas que se podrían tocar con la mano, a veces invisibles por la calima o la niebla; el río, audible desde la casa cuando abre las ventanas, cuyo brillo se ve entre los árboles; el camino de entrada, desdibujado por la falta de pies que lo definan, los arbustos, las flores que nacen por todas partes en primavera...
A veces se imagina caminando, alejándose de la casa con paso tranquilo para llegar hasta el río y tocar su agua, probarla para ver a qué sabe, quien la habita, o seguir caminando y caminando hasta perder la casa de vista, descubrir el mundo, mirar otras casas, otros ojos que no sean los suyos. Sabe que tiene la fuerza para hacerlo, lo nota en sus piernas y en su sexo, sabe que está rodeada de luz.
Pero cada vez que se decide, cada vez que alarga la mano hacia la puerta, una serpiente enorme amenaza con salir desde su garganta por su boca, una serpiente gris interminable que podría ahogarla sijn esfuerzo, sólo con su deslizarse por su traquea para alcanzar la salida de su cuerpo. Y cuando no es la serpiente, nota cómo la luz que la rodea se incendia, se extiende hasta lamer las paredes de la casa dejándola ciega, parece tener la potencia suficiente como para quemar el mundo entero con ella dentro. Así que deja caer la mano temblando, da la vuelta y se sienta de nuevo en su cómodo sillón frente a la ventana, imaginando que si se atreviera por fin, quizá descubriría que la serpiente sólo quiere mostrarle en camino, o que la luz lo incendia todo para volverlo nuevo y deslumbrante. Pero no está segura.
domingo, 16 de enero de 2011
Mentiras
No hago las cosas como deben hacerse, esta es la verdad, no voy a negarlo. Pero ¿sabes qué? Dejarlo todo para el último momento, jugar de este modo con el peligro, ponerme pruebas de este calibre, me excita.
Cuando hago esto parezco la misma de siempre pero no es cierto, lo acabo de descubrir al pasar frente a la ventana grande del dormitorio. Porque lo que he visto en el reflejo no ha sido una mujer vestida de domingo casero con el pelo retirado de la cara con una cinta naranja. Allí, al otro lado, estaba yo vestida con un hermoso y ceñido vestido negro, un maquillaje deslumbrante y perfecto y el cabello recogido en uno de esos moños que deberían estar en cualquier museo de arte clásico. Y me he quedado de piedra, claro, me he enamorado de mi reflejo, que es una cosa que me pasa a veces (y a tí, no mientas).
¿Has visto a las polillas emborrachadas por la luz, atrapadas en su propia fascinación? Pues sin ser una polilla ni nada por el estilo (que yo sepa todavía no como lana, aunque me encanta ponérmela encima) me he quedado paralizada por esa mujer que me miraba asombrada. Y he comenzado a moverme despacio, observándome por todos los lados, admirada de mi cuerpo, de mi repentino estilo, de mi clase. No he podido evitar pensar que por fin se me notan los años pasados en un colegio de monjas, que se suponían que me iban a dar una cierta pátina de algo entre candoroso, mundano y provocativo que yo nunca había conseguido tener...hasta ahora.
He chasqueado los dedos y ha aparecido de la nada una boquilla larga de la que he aspirado dos caladas para hacerla desaparecer luego, no quiero quemar las sábanas, que por cierto han ascendido de categoría y ahora son de raso ¿negro? pues no estoy segura de su color, es lo que pasa con el blanco y negro, pero no importa, son tan suaves y tan sensuales que no he podido evitar recostarme lánguidamente sobre ellas para componer algunas sensuales imágenes que es una pena que no esté viendo nadie.
Pero la música se termina y el hechizo se rompe como una burbuja, dejándome tirada en la cama a todo color y con una cierta sensación de ridículo. Y la verdad es que todo sigue como estaba, las mismas dudas, las mismas pocas ganas de habitar la vida real con su montaña de detalles farragosos por solucionar, el mismo trabajo pendiente, la misma sensación de movimiento, de algo que bulle en el bajo vientre (qué eufemismo tan fino). Y es que, como dice Helen Merrill en la canción "Baby I'm not good to you", maybe I'm not good for you , o sea, para mí misma. Mal rollo.
martes, 11 de enero de 2011
Agua

Tengo que ir a tirar el reciclaje, hay cajas por abrir de las que sí se dónde colocar su contenido, hay cuentos que buscar y estudiar, e hilos argumentales que sacar de la nada, seguro que hay ropa que plachar y podría ponerme a intentar fregar los cacharros sin agua corriente. Hay muebles que montar, y textos que memorizar, hay sesiones que planificar, hay niños que recoger, que bañar, que vigilar para que hagan los deberes.
Pero ha aparecido un pozo artesiano de la nada, una fuente de enorme fuerza saliendo de mi pecho desde el fondo de la tierra, una tierra que no es exactamente la que pisamos, esa tierra cotidiana que nos sostiene sin pedir nada a cambio, sino aquella otra que sabe de lo que nosotros ni siquiera intuimos, la que nos vió nacer y nos verá morir, la que nos observa caminar benevolente mientras lo destrozamos todo. En algún lugar en el interior de esa tierra extraña hay un lago negro, profundo, hermoso y atemorizador donde se estanca en un agua helada toda la tristeza del mundo, la que tiene las razones más lógicas y la que no necesita de motivos para manifestarse. Y una mínima parte de toda ese agua infinita está brotando ahora de mi cuerpo, anclándome al dolor, haciéndome pesada y extraña, alejándome de la vida cotidiana.
Y la tristeza trae en marea un montón de preguntas acerca de mi propia vida que debieron quedarse enganchadas en algun lugar de mis entrañas y que ahora aparecen flotando en medio de este desastre de casa inundada, preguntas sobre el paso del tiempo y la arrugas, sobre la futilidad de la existencia, sobre los propósitos no cumplidos, sobre el sentido de la vida, de mi vida, sobre los dones reales o imaginarios y cómo se manifiestan, sobre la ceguera y el miedo, sobre la dirección, sobre el amor y la muerte. Y me ahogo es esta agua sucia que todo lo remueve, que me estropea los muebles, que descoloca las alfombras y se carga la tele, que mancha las paredes antes impolutas, que deshace las cajas que tanto me costó llenar, que desdibuja lo que sé que es cierto y me impide mirar el lugar en que estoy parada, que convierte en absurdo cualquier intento de actividad cotidiana.
Y si pudiera, si supiera, excavaría un hueco en mi pecho para taponar con mis propias manos este surtidor que me atraviesa, para sacar todos los hilos que tengo desordenados en el corazón, para estirarlos en el suelo, para gritarles, para bailarlos, para cantar de pena, para grabar mis idioteces, para convertirlos en algo que valga la pena, para volverme un robot eficiente porque los robots no duelen, para volver a ser quien soy aunque no sepa nombrarme.
Hace tiempo ví una fotografía de Gregory Crewdson de una Ofelia moderna, ahogada en el salón inundado de su casa, vestida con un mísero camisón blanco y aun así hermosa e inquietante como toda Ofelia que se precie. No me quiero convertir en Ofelia pero hay tanta tristeza en esta habitación que me resulta difícil nadar y nadar dando vueltas sobre mi misma, con la ropa pegada a mi cuerpo, buscando sin encontrar un lugar por dónde salvarme. Me pondría a llorar para no ahogarme como ella. Pero no quiero asustar a los niños.
lunes, 10 de enero de 2011
Bach.
En cuanto sonaron las primeras notas me quedé paralizada, como si me hubiera alcanzado un rayo, como si me estuvieran creciendo a toda velocidad raices que salían por cada poro de mi piel, como si hasta ese momento hubiera estado ciega y acabara de ver la luz por primera vez, como si me estuviera ahogando de pena en el fondo del mar. Luego me puse a llorar.
Todavía no entiendo de dónde sacó Bach algo así, qué clase de persona era para inventar una melodía con semejante poder, si la compuso después de mucho esfuerzo, o fue algo rutinario y no le dió niguna importancia, o si sintió como si ya la supiera antes de escribirla. No entiendo tampoco cómo algo escrito por un señor que llevaba peluca, que no conocía la luz eléctrica, alguien para quien mi mundo sería una verdadera locura, cómo esta persona con la que estoy prácticamente segura que me sería imposible congeniar, es capaz de emocionarme hasta este punto.
Todavía cada vez que la escucho, conecto de manera inmediata y brutal con la tristeza, siento que se abre un canal desde mi cuerpo hasta ese lago profundo y oscuro que se aloja bajo mis pies, bajo los pies de cualquiera que sepa algo de orientación, el lago en el que reside la pena. Es un camino certero y seguro, una autopista que puedo frecuentar con sólo hacer sonar lo que Bach escribió sin pensar para nada en mí, en tí, en ninguno de los que ahora poblamos el mundo. Por eso elijo con cuidado el momento de escucharlo, mejor si estoy sola, si quiero sacar algo que me oprime, si quiero bucear un rato, si quiero sentir de verdad mi propio peso.
Pero a veces, como hoy, se me olvida y la pongo sin recordar que para mí es una llave y me asalta de nuevo la certeza de que cada nota de comienzo es una lágrima, de que voy a morir algún día, de que no hay pena suficiente para lamentar algunas cosas, de que todo es efímero y pasajero, de que nunca, nunca, podré ni siquiera imaginar cómo es tener un don tan increible para la música, para cualquier cosa, como el que tenía Bach. Y me pongo a llorar.
lunes, 3 de enero de 2011
Bucle
O sea, que me encuentro en Bollullo del Condado y pretendo estar en otro sitio, pero me dedico a estar en medio de la plaza del pueblo dándole vueltas al mapa, confusa, sin querer mirar el enorme cartel que hay en una esquina y que dice "SALIDA". ¿Y por qué? Porque si salgo de aquí tendré que ver unas cuantas cosas desagradables, la carretera de vuelta a casa es fea de cojones, hay baches, socavones en los que irremediablemente meteré el coche, me tocará empujar, rellenar los huecos de grava con la pala que llevo en el maletero, asumir que no he hecho el mantenimiento adecuado del motor y que por eso se calienta, tendré que subir montañas a veinte por hora y pasar susto bajándolas luego entre resbalones y curvas imposibles.
Sé que esto es una imagen, cabe la posibilidad de que el camino sea hermoso,de que entre tanto sobresalto pueda cazar algunas cosas dignas de ser vividas, una libélula desafiando el mundo de la realidad con su existencia, un brillo de agua entre los árboles, un hombre hermoso trabajando a un lado de la carretera, un café fragante en algún puesto del camino, una canción sorprendente en la radio del coche, un momento de paz dentro mío provocado por el movimiento...
Así que vale, estoy en un lugar conocido, haciendo algunas de las tonterías de siempre, pero puedo cambiarlo, puedo hacer algo nuevo, puedo abrir los ojos y mirar porque quizá, quizá, este sitio es sólo aparentemente el mismo, como cuando en los cuentos se te aparece una vieja repelente que te ayuda para acabar convirtiéndose ante tus ojos en un hada de belleza sobrecogedora. Vale, no pido tanto, no es cuestión de acabar en Disneylandia, sino de aprovechar la experiencia, de verla de verdad, de no vivir esto como si fuera el pasado, en cogerlo como lo que es, un momento irrepetible, un momento de cambio, un momento de lucha. Y yo he nacido para eso, para luchar, para algo soy una guerrera.
sábado, 1 de enero de 2011
Un año que comienza
Es decir que más bien celebramos despedidas en vez de bienvenidas, o celebramos una bienvenida superficial llena de propósitos hermosos que no pensamos cumplir, imaginando por un cuarto de hora una vida diferente que no pensamos hacer realidad, una vida que durará hasta que comiencen a sonar los cuartos, decimos adiós al año que se va sin prepararnos para el que comienza.
Se me ocurre a bote pronto, quizá porque estoy con resaca, claro, que sería hermoso lo contrario, planificar una especie de entrada al nuevo periodo que no suponga este saqueo de nuestras fuerzas, de nuestra capacidad de aguante, algo que tenga más que ver con sentarse y observar, dar gracias por lo que tenemos y lo que vendrá, saludar nuestro cuerpo y a la gente que nos acompaña en el camino, inventar alguna ceremonia que nos limpie de todo lo viejo que quedó inservible, de todo lo que todavía arrastramos del año anterior y que está obsoleto, sacudirnos viejas penas, viejos rencores, viejas melancolías para dar la bienvenida al año nuevo como se merece, sin ninguna expectativa, limpio, para que todo sea posible, para que todo pueda ocurrir.
Y eso es lo que me gustaría desearte, un año enorme y abierto, un año en el que cualquier cosa sea posible, un año de olas hermosas y de viento en la cara, un año para navegar, para celebrar la vida y sus aderezos, un año para disfrutar de ese cuerpo maravilloso que te acompaña todo el tiempo, y de los cuerpos, las miradas, las palabras, las manos de toda esa gente con la que te encontrarás estos 365 días, un año para la aventura y el misterio, para la felicidad de las pequeñas cosas, para el sosiego y la calma, para la mirada atenta y cariñosa, un año entero, enterito, para tí. Feliz 2011.