sábado, 5 de junio de 2010

Intensidad.

Un personaje decía en una serie (¿dónde si no?) que había huido del presente porque el presente le resultaba demasiado intenso, que a menudo el presente era así, demasiado intenso para soportarlo. Parece mentira que un presente de viajes al super, lavadoras, festivales de fin de curso, etc. pueda ser tan intenso pero es verdad, yo he podido comprobarlo.

Hace ya tiempo se me ocurrió la idea de volver de la guardería a mi casa caminando con la intención de escucharlo todo, de estar concentrada únicamente en los sonidos y no perderme ninguno. No consistía tanto en analizar qué se oye como en escucharlo todo, no dejar ningún sonido en el tintero, escucharlos de verdad, sin suposiciones previas. Descubrí entonces que los coches no suenan a motor (son los camiones los que suenan así) sino más bien a aire deslizándose velozmente y a rueda contra el asfalto. Descubrí con asombro que las personas no sonamos en la calle más que cuando estamos muy cerca unas de otras. Es decir: que aunque yo veía aquella larga calle llena de gente, ¡no la oía!. No se escuchaban sus pasos, ni sus voces, nada, éramos fantasmas, imágenes flotantes sin sonido.

Cuando durante este paseo entré alguna vez en un supermercado a comprar me enteré de que hay una verdadera barrera de sonido en la puerta, una frontera muy definida que separa el exterior con sus ruidos de asfalto frotado, de rugido de autobús, del interior, con su música de fondo capaz de transportarte a un oasis del calma sólo mediante el oído. Me dí cuenta de que había calles que cambiaban su sonoridad nada más girar la esquina de modo que al dar dos pasos ya escuchaba los pájaros que antes eran invisibles. Así, durante varios días, cada mañana hacía un viaje alucinante por una calle que conocía de sobra, un viaje que me costaba esfuerzo emprender y a veces mantener porque mi mente se marchaba a otros lugares, o intentaba imponer su criterio sobre cómo suenan las cosas.

De repente, uno de estos días, pensé que sería interesante abarcar, además del sonido, todo lo que llegara a mi vista, a mi olfato, a mi sentido corporal. ¿Qué pasaría, me pregunté,si además de escuchar como lo estoy haciendo mirara de la misma manera, oliera de la misma manera y sintiera de la misma manera (y con sentir me refiero a notar el golpe de mis pies contra la acera, el roce de mi falda contra las piernas, el movimiento de los músculos de mi espalda, de mis brazos, de mi cara al dar cada paso...)?

Entonces fue cuando supe que era imposible, que algo tan anodino, tan trivial, tan cotidiano como caminar por una calle conocida tenía tantos matices, tantos colores, tantos movimientos, tantas sensaciones en su interior que mi cerebro era incapaz de abarcarlas todas, que el presente, aun el más conocido, era tan intenso que no podía recogerlo completo, que si lo intentaba el esfuerzo sería descomunal, inalcanzable.

Y si eso pasaba con el caminar por una calle, ¿qué pasaría con situaciones no vividas diariamente? Un concierto, una cena en un buen restaurante, una noche de sexo lento, una caminata por la montaña, un cuento bien contado a tu niño, una charla profunda con un amigo...

Así fue como descubrí cómo Charlie Crews, el personaje de la serie, tenía razón, el presente siempre es demasiado intenso. ¿Será por eso por lo que normalmente huimos del ahora, porque nos resulta abrumadora tanta intensidad?

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