Sí, vale, pero ¿que es la vida real? Porque últimamente me parece muy escurridiza!
martes, 29 de noviembre de 2011
Contrastes
Me gustan estas cosas que tiene la vida de envolverlo todo en contrastes curiosos, lo bueno con lo malo, lo catastrófico con los mares de posibilidades, el frío con el brillo del cielo, el calor con la frescura del mar. No sé por qué inventamos que la vida es monolítica, que las cosas tienen un solo matiz. Quizá fue la vaguería: es más fácil para navegar, para nombrar (eso que tanto nos gusta), quedarnos con la impresión principal y desdeñar el resto, etiquetar con una única palabra la experiencia para hacerla digerible, unificar los que es una maraña de cables de colores en una sola cuerda de color uniforme.
Pero haciendo eso nos perdemos tantas cosas....!!!
Hoy voy a pelearme con alguien, voy a decir adiós a una etapa de mi vida que ha durado ocho años. Ayer estaba muy triste intentando digerir la experiencia, asumir una decisión que me asustaba pero que ya estaba tomada. Pero hoy estoy contenta, he decidido sentarme y saborear cada uno de los múltiples matices de lo que me está pasando: hay frío pero hay calor, el producido por el hormigueo de lo nuevo; hay miedo y hay excitación ante el desafío que se me presenta; hay incomprensión y hay curiosidad ante alguien de quien no entiendo la mirada; hay pena por abandonar a mis compañeros de aventura, y alegría por poder despedirme de ellos.
La vida esta tan, pero tan llena de cosas, que resulta absolutamente inabarcable. ¡Estoy contenta!
jueves, 24 de noviembre de 2011
Temptation, Tom Waits
Hay mucho en inglés y descubres de repente que no tienes paciencia para intentar saber porque tu búsqueda es urgente, no permite costosas traducciones de conceptos que posiblemente no te lleven a ningún lugar. Buscas, buscas, buscas sin encontrar nada, observas, indagas, buceas, te desesperas. Te deshaces de la inquietud que anida entre tus piernas activando la navegación privada que impedirá que nadie te rastree. Pero después de la invisibilidad provocada sigue sin haber nada, no has encontrado nada, ni siquiera la calma.
Y es que estás buscando donde no toca, el mundo entero está ahí dentro pero no se puede sentir, no hay hallazgo si no hay un hilo conductos, un mapa precario, una leve idea del lugar en el que te gustaría estar. La red es inmensa pero solo sirve para perderse más cuando no se encuentra el camino.
Y entonces apareces.
Y si pudiera te haría carne aquí mismo para tenerte dominado, crearía en mi propio sótano este mundo que intento inventar navegando por la nada, sacaría del vacío unas cadenas con que mantenerte quieto, pasaría la lengua por mis propios labios mientras te miro intentando decidir qué hacer contigo, anticipándome al placer de saberte mío. Quizá. porque eres un invento mío y solo mío, podría convencerte para que bailaras bien pegado conmigo esta canción de Tom Waits que suena incansable en mi equipo, la canción que alimenta mi desasosiego, la que me acompaña en mi búsqueda estéril por los espacios infinitos.
Porque quizá solo quiera esto, un abrazo, un baile pegado, un pecho masculino donde escuchar un corazón latiendo en calma, y el calor de tu piel y tu sangre, y la posibilidad de tu semen, el regalo de cerrar los ojos y saberme en casa, de poderme dejar llevar por este cuerpo que arrastro y que hoy no sabe dónde sentarse.
martes, 8 de noviembre de 2011
Profecía
Y es que, he olvidado comentarlo, las premoniciones sólo me conciernen a mí misma y, de rebote, a los que me quieren. Así esta semana voy a coser el que podría ser el último pantalón de chandal al que le cojo un bajo, y me preparo la maleta pensando en los ojos ajenos que revolverán mis cosas cuando yo haya muerto por lo que no meteré una sola braga que no esté en perfectas condiciones de revista, no quiero dejar un recuerdo de persona dejada o desastrada, ya es bastante con el estropicio que los gusanos harán en mi cara a la que me descuide. Y apuntaré el último abrazo, el último beso, la última mirada a los míos sin decirles que es la última, claro, no quiero apesadumbrarlos antes de tiempo...ni que me tomen por imbécil si finalmente, como espero y deseo, ninguna de mis predicciones se cumple.
Debería también quemar las cartas comprometedoras de vidas anteriores que nada tienen que ver con esta para no enviar póstumamente a mi familia al psicólogo con un montón de preguntas que sólo yo podría responder si me diera la gana y no estuviera más fiambre que el salami ese de rodaja gigante. Y si fuera una gran persona (y estuviera más segura de mi misma y mi capacidad visionaria) tendría que regalar toda mi ropa entre la gente que siempre me la ha envidiado, o darla a Cáritas para evitar que mi recuerdo se quede adherido a un jersey cualquiera y les entristezca cada vez que se lo pongan. Tampoco debería haber comprado lotería de la ONCE para el día 11, es un desperdicio de recursos si finalmente el avión, cualquiera de los cuatro que tengo que coger este fin de semana, se pega la chufa padre. Y es que sí, la verdad, le tengo mucho miedo a los aviones, tanto, que me vuelvo adivina de mal agüero. Menos mal que todavía no se ha cumplido una sola de mis pasadas profecías. Veremos esta vez. Ay, Dios.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Ropa vieja
Pero ese no fue el viaje importante, sólo fue el marco, el envoltorio, lo que un espectador casual y un poco curioso podría haber visto de haberle interesado, una base necesaria sobre la que transitar para poder realizar el verdadero viaje, el que en realidad no puede ser contado, el que no se ve con los ojos de la cara.
He estado en lugares oscuros y ajenos que daban miedo y he salido de ellos asombrada, a veces asustada y, curiosamente, mucho más alta. He visto soles azules que nacían en mi pecho, y una luz amarilla que disolvía mi cuerpo viejo y manido para convertirme en un pez volador de los espacios inmensos. He llorado, a veces de alivio, otras de alegría y unas pocas, cómo no, de pena. He jugado con la electricidad como si fuera una experta, sin saber del todo qué estaba construyendo o si eran peligrosos mis inventos. He visto gente dentro mío señalando caminos que ya no me pertenecen y he intentado convencerlos de que ya tivueron su oportunidad y ahora es la mía, tengo derecho a equivocarme yo solita, y a encontrar el tesoro por mi misma.
Y en medio de toda esta alquimia sencilla e invisible, he encontrado personas creciendo a mi lado, construyendo entre todas un bosque espeso y profundo donde perdernos y descubrirnos y ser libres, donde poder jugar a sentir miedo o a sabernos poderosas. He encontrado a Marta, a Andrea, a Ernestina y su pelo y sus entrañas doradas, a Eva, a Carmen, y a Virginia, la sabia y hermosa Virginia de nuevo, a las madres y las hijas, a mujeres altas y mujeres bajas, algunas con cabellos cortos y otras con melenas indomables, algunas bajitas y otras grandes como faros, todas nosotras tan parecidas y tan distintas, todas juntas por algo, comiendo chocolate como locas, riendo para disolver el miedo, haciendo espacio para el llanto o el descubrimiento (que a menudo van juntos), abriendo burbujas en la vida cotidiana para hacerle un hueco al milagro, a la maravilla de estar vivas, al conocimiento profundo y al juego perpetuo que supone esta suerte inmensa de tener un cuerpo.
Y vuelvo a casa más grande y no sé si me vendrá la ropa que dejé en el armario, ni si sabré calzar de nuevo mis zapatillas de estar por casa, o si los espejos sabrán devolverme el cambio que ha sufrido mi cara. No importa, nada de eso importa, estoy viva y respiro y mi corazón late, y hay brazos que me esperan en el puerto, y casas por barrer, y estoy contenta de viajar, ir y volver, recogerme y crecer. Juego, soy feliz, no se puede pedir más.
domingo, 16 de octubre de 2011
Burbuja
Y conducimos mucho para descubrir que, incongruentemente, en mi ciudad las pastelerías cierran los domingos por la tarde, a veces incluso con recochineo pues se toman la molestia de explicitar en un cartelito primoroso que disponen de buñuelos aunque no abran. Pero nuestra perseverancia da un magro fruto en forma de nueve (nueve para siete personas) pastelitos. Subimos de nuevo a casa y ponemos en marcha esa imagen prefabricada y dulce que teníamos en mente...a pesar de que no hace el frío suficiente como para disfrutarlo de verdad y de que el café me sienta mal.
Estamos juntos, es cierto, aunque cada uno un poco a su bola: la tele, el iphone de alguno, las demandas infantiles y el sueño propio de estas horas nos mantienen apartados pese a la proximidad. Pero hay tazas, y azúcar suficiente, y fuego, aunque de algún modo falte lo que era la base de esa burbuja que teníamos en mente.
Dos horas después estoy nerviosa e inquieta y me pregunto, como siempre en estos casos, si realmente me está ocurriendo algo que lo justifique, algo que mi mente busca sin descanso (y a veces encuentra, porque nada es perfecto y siempre hay cabos sueltos) o es tan solo la cafeína jugándome la mala pasada de siempre que sucumbo a estas imágenes que nos han vendido las torrefactoras y las macroempresas de alimentación.
O se, que la pregunta es obvia: ¿valió la pena? Pues sí, definitivamente, a pesar del malestar de estómago y una ligera sensación de vacío. Hay que perseguir los sueños, aunque acaben resultando un fiasco. Pero por nosotros que no quede.
viernes, 7 de octubre de 2011
Wally
O quizá no, quizá se prepara de antemano buscando los momentos donde pueda tener garantizada una muchedumbre complaciente, a lo mejor anda de ciudad en ciudad buscando eventos multitudinarios como un concierto de rock, una operación salida por puente inminente, un parque temático cualquiera a final de curso o quizá acecha en busca de accidentes más o menos previsibles.
El caso en que me siento como imagino que debe sentirse él con su jersey a rayas rojas recién puesto, cuando todavía está con las llaves de su casa en la mano, la mochila a la espalda, intentando recordar si ha cerrado bien el grifo, si ha apagado todas las luces y si el gato tiene comida suficiente para no morir de hambre en su ausencia. Como él pero sin saber si tengo su mismo don para encontrar lo que busco. O sea, que estoy preparada para el viaje, pero no sé dónde voy.
Hace muchos años un amigo de mi padre me dejó conducir su yate un ratito en un día de mar calmo y fue una sensación curiosa: debajo de mis pies aquella máquina poderosa, en mis manos un volante y frente a mí ¡no había carretera! Podía ir donde quisiera pero la posibilidad de elegir era tan grande que perdía su sentido: si no hay caminos, cruces, carteles indicadores ¿cómo saber a dónde ir? ¿Tiene alguna importancia la dirección que elijas? ¿O todo se convierte en un juego sin sentido? Así me sentí yo: la libertad era inmensa...y el aburrimiento también porque ningún camino que inventara llevaba a otra parte que no fuera el mar.
Sé que en este caso es diferente, el camino lo forjo yo con cada uno de mis pasos y, lo quiera o no, según lo larga que sea mi pisada, los metros que dé cada día, dónde me encuentre al ponerse el sol, marcaré sobre la tierra un camino concreto, directo o tortuoso, ancho o angosto, ampliamente recorrido por otros o solitario como boca de lobo, un camino en cualquier caso que solo podré ver cuando lo haya recorrido.
El mundo a mis pies, pero ciega. Curioso destino el nuestro.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Piedra

Me previene. Me dice : "cuidado con reverenciar a nadie". Y me quedo perpleja un primer momento. Luego voy atando cabos y comprendo. Recuerdo palabras parecidas salidas de otros labios, en un lugar muy diferente y hace algún tiempo, palabras más sencillas, la verdad (¿quien utiliza en una conversación normal la palabra "reverenciar"?)
Abro entonces la verja del jardin y me lo encuentro llenito de estatuas, cada una de ellas en su propio pedestal, cada una con su nombre y apellido. Estatuas hermosas y enormes, adornadas con joyas refulgentes y mantos espesos que les tapan los pies, en poses sólo aptas para pasar a la posteridad, cargadas de frases solemnes y lapidarias. Y a sus pies, a los pies de cada una de ellas, una tumba en la que duermo yo. Así que no me queda mas remedio que comenzar a derribarlas, yo, que siempre había sentido un desasosiego extraño cada vez que veía tumbar estatuas de los prohombres caducados de cualquier patria convulsa. Pero no hay remedio, son ellas o yo, y toca comenzar.
¿Cómo se tira al suelo una figura imponente de piedra maciza sin contar con un tractor, un camión con pluma o, por lo menos, un caballo percherón? N tengo ni idea. Ni siquiera tengo idea de qué podría hacer si tuviera alguna de estas cosas, no conduzco maquinaria pesada y no sé nada de caballos. Doy vueltas y vueltas alrededor del pedestal de la que me parece más asequible, dicen que caminando suelen surgir grandes ideas, pero nada, quizá porque la figura imponente me mira amenazante. Y no es solo ella, sino todas las demás, cargando sus miradas pétreas e impasibles, duras, fijas, en mi espalda, mis manos, mi cerebro y mis pies.
Y me entran las dudas, como no podía ser de otra manera tratándose de ellas y de mí:si ellas están subidas en pedestales será por algo, ¿no?. Seguro que han hecho grandes cosas, seguro que son grandes ejemplos para la humanidad, que pueden guiar mis pasos pequeños y miserables por el mundo, convertirse en la brújula de lo que puedo o no hacer para conseguir el éxito (¿qué éxito? ¿éxito en qué?), eminencias que me sugieren sin una sola palabra que nunca estaré a su altura, que lo que ellas han hecho no puedo superarlo ni en mil años que viva, que a su lado no soy nadie, no soy nada...
Despierto de repente de la melopea que me cantan sibilinas y, sin mirar nada más, sin escuchar nada más, busco una piedra que quepa en mi mano y comienzo a cavar a los pies del primer pedestal. Puede que me lleve mucho tiempo pero no seré yo quien acabe en el suelo. Por estas.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Falsa rubia
Pero a lo mejor no fue aquí, aunque me parezca lo contrario tengo vida fuera de estas paredes de color crema, lejos de los tubos y los gorgoteos y los asaltos continuos a nuestra intimidad. O sea que es posible que la haya perdido entre la ropa sucia de casa, o que la haya metido por un despiste en un tuperware y la tenga congelada en la nevera. O la dejé escondida sin querer entre la legión de peluches de mi hija, o el mayor se la llevó para enseñarla a los amigos del insti. Pero no creo, me la hubiera devuelto... o me hubiera confesado, dada la gravedad del asunto, que la ha perdido como pierde tantas cosas que a mí me parecen importantes y sin las que él vive perfectamente.
Puede que esté en el bolso, lo he mirado pero ya se sabe cómo son los bolsos, agujeros negros de fondos insondables, sede de las cosas más insospechadas, refugio de objetos pequeñitos y a menudo pinchantes que te sorprenden en cualquier busqueda cotidiana de llaves recordándote que eres roja por dentro, o sea, que tendré que volver a mirar, organizar incluso una misión de cascos azules para que saquen de sus escondrijos a todo lo que coloniza mi bolso sin permiso descolgándome el hombro.
En fin, que desde que todo esto empezó he perdido la cabeza. Mucho me temo que es una cosa suya, que huyendo está intentando soslayar tanta zozobra, tanta incertidumbre y tanta certeza de esas incómodas de mirar. Maldita sea, porque desde que se fue parezco más tonta de lo que soy. Y, si no eres rubia, el glamour se pierde.
Enfermedad y muerte
Desde que tengo uso de razón quise ser uno de ellos, trabajar aquí, vivir aquí, moverme, dormir, caminar, respirar aquí. Si lo hubiera conseguido habría aprendido a dividir los cuerpos en fragmentos claramente diferenciados, a seguir la pista repugnante de los humores y las miasmas de los dolientes, a convivir con la impotencia de saber que mi arte es escaso y efímero, a ignorar el sufrimiento ajeno para que no me infecte, para que me permita pinchar, sangrar, levantar, maniobrar, abrir cuerpos con mano firme. Formaría parte de una máquina bien engrasada y conocería perfectamente mi lugar en el mundo a costa de borrar todo lo que no puede ser cuantificado, medido, analizado, encajado en un molde. Durante unos turnos interminables me dedicaría a arrancar gente de la muerte a costa de olvidar en qué consiste estar vivo, encerrada como ellos, los que sufren, entre estas paredes blancas, donde todo es como debe ser, donde todo funciona milimétricamente y la gente se preocupa con razón, donde se lucha de veras por la vida pero donde, sorprendentemente, la vida no tiene espacio para ser vivida.
Un amigo que conoce las tripas de este edificio me contó que el sexo es fácil y frecuente en este lugar. Quizá los hombre que acarrean camas, las mujeres con sus mopas, las muchachas con sus drogas, los brujos circunspectos que habitan este monstruo inevitable (esos que en la vida real se llamarán Pepa, Juan, Antonia, Bea y que aquí no tienen nombre) no han encontrado otra manera de conjurar la vida, de anclarla a su cuerpo, de liberar tanta pena, tanto dolor expuesto ante sus ojos, tanta impotencia empaquetada en tan poco espacio.
martes, 20 de septiembre de 2011
De vuelta
En mi descargo diré que no sabía que me iba, lo cual es raro, porque en la vida real uno sabe siempre que se va, lo notas en las articulaciones de tus pies, en que los objetos se mueven hacia atrás para dejarte espacio, en que abandonas muebles, papeles pintados, luces artificiales, ¡incluso caras! para sumergirte en un paisaje diferente. Pero aquí no es así, el movimiento es más sutil, tanto que no hace falta ni la intención de moverte: quedándote quieta, no haciendo nada, te marchas. Se me ocurre que quizá no es solo la red donde esto ocurre, debe haber otras muchas situaciones en la vida (la amistad, el amor, el trabajo quizá) donde pasa lo mismo: o mueves los pies para quedarte o te marchas sin remedio.
No sé bien por qué me fui, últimamente colecciono más incertidumbres que de costumbre, no encuentro los porqués de casi nada de lo que me sucede, así que quizá me estoy volviendo sabia como Sócrates, que sólo sabía que no sabía nada. (Hummmm, esto me gusta, me gusta mucho!. A ver si recuerdo esta frase cuando me vuelva una abuela desmemoriada, no sabré qué he desayunado ese mismo día ni dónde está el baño de mi casa ni cual es mi nombre pero por eso mismo estaré segura de haberme convertido en una mujer sabia. ¡Es perfecto!). Así que, al no conocer los porqués, no se me ocurre una disculpa convincente que ofreceros salvo el recurrido “lo siento” de costumbre.
He vuelto, pues. Lo que no sé es cuanto tiempo me quedaré, todavía no domino esto del movimiento sin moverme.
lunes, 23 de mayo de 2011
cadena de pasos
¿Qué me asusta, a qué le tengo tanto miedo como para decidir anestesiarme de este modo? ¿Es miedo al dolor, al fracaso, a no estar a la altura de eso que imagino pero no compruebo? ¿Qué hace que sistemáticamente arrumbe mis planes en un rincón para morir fuera de mí, para dejar pasar el tiempo como los enfermos crónicos enclaustrados en sus camas, como si mi cuerpo y mi cabeza no fueran capaces de nada más? Y parece que no lo son, ni siquiera de lo más sencillo, lo mas rutinario, lo más fácil de llevar a término. Debe haber cosas que yo no sé pero que en el fondo conozco, sabidurías internas que me paralizan porque saben qué viene después del movimiento, que quizá comprenden que una vez me ponga en marcha no podré parar algunas cosas. Y no hablo de las grandes decisiones, de esas que de un plumazo cambian la existencia, dan un giro radical a la vida y te llevan por caminos nuevos y desconocidos, no. Hablo de cosas mucho más pequeñas, de pasitos diminutos, de acciones que pertenecen a lo cotidiano, al trabajo de cada día, a la casa y a los niños, al mantenimiento y la limpieza.
Pero no, sé que detrás de ellos están los otros, los pasos decisivos, no importa que intente esconderme de lo importante detrás de las pequeñas cosas, no importa que me imponga un orden determinado que empieza en lo sencillo. Porque sé que detrás de todo esto está el final, lo verdaderamente importante, lo crucial, lo que hace que mi vida tenga o no sentido. ¿Me atrevo a reivindicar lo que soy ? ¿Me atrevo a crecer? ¿Me atrevo a equivocarme y hacerlo mal? ¿Me atrevo a mostrarme com soy? ¿Me atrevo a reconocer que me muevo por impulsos que sé ciertos pero que no puedo explicar de manera racional? ¿Me atrevo a probarme en lo que de verdad me importa? ¿Me atrevo a brillar como podría a pesar de todas esas voces que viven dentro mío recordándome el sufrimiento y la muerte pasados? ¿Me atrevo a ser yo?
jueves, 12 de mayo de 2011
Sol
Pero tengo miedo de mí misma, de los impulsos que imagino oscuros e imprevisibles, de mis anhelos profundos y absurdos, de mis filias apasionadas, de mis dolores puntiagudos y repentinos, de mi posible ceguera ante tanta luz y tanta alegría. Tengo miedo de soltarme y empezar una bacanal incontrolable, y encontrarme finalmente en un paisaje desconocido, detrás mío todo ruinas y ceniza y silencio. No sé quien me contó la historia de que soy peligrosa, de que es mejor tenerme encerrada, encadenada a la pared, drogada y modosita para impedir el fin del mundo. Pero quien me lo contará consiguió convencerme.
También tengo miedo de tí, de que te asuste mi arrogancia, de que prefieras verme velada para no dañarte los ojos, de que lances contra mí alguna palabra afilada que me corte las alas recién desplegadas, de que te atraiga mi luz y te destroce, de que te alejes con despecho por no haberme ceñido al plan original, de que me descubras finalmente y no te guste lo que veas, de que te marches de mi lado si finalmente te enseño quien soy.
Y así estoy, más cerca que nunca del final de la tristeza, a punto de dar un paso irreversible, otro más, atraída por mi propio resplandor, embelesada por los colores de mis brazos, de mis manos y mis ojos, quieta, sentada sin moverme, sabiendo (hoy sí) cual es el paso y dudando, asustada, porque tengo miedo. Pero ya veo el horizonte, y está saliendo el sol
jueves, 5 de mayo de 2011
Andén 9 y medio.
No me asusta tanto el lugar al que pueda acabar llegando como que ese lugar esté demasiado lejos de la casa que habitan lo míos.¿Se puede vivir simultáneamente en dos sitios a la vez? ¿Se puede velar la mirada cuando quieres? ¿Se puede construir un disfraz que disimule los tentáculos, los ojos nuevos y los dedos largos? ¿O seguir viéndolo todo pero aprender a no contarlo, para estar cerca de quien te quiere, para no perderlos en un viaje alucinante de arquitecturas invisibles?
También me asusta un poco el viaje en sí, los posibles escollos, las revueltas del camino, la amnesia en medio de un paisaje demasiado parecido al cotidiano, el monstruo concebido sólo para mí que, seguro, me espera en alguna vereda solitaria. Me asusta sobre todo perder la brújula que llevo dentro, una como la que tienes tú y que a mí me indica qué pistas son ciertas y cuales son inventos, que me dice por donde va mi camino, que me muestra las trampas que yo misma me construyo con ayuda de los otros.
Si atravieso el muro corriendo con mis cosas a cuestas para llegar al andén 9 1/2 , si vuelo más allá de lo permitido por las normas internacionales de navegación, si decido abrir dos ojos en mis manos para verlo todo ¿podré llevar a los míos conmigo? ¿Quién se quedará por el camino? ¿Podré seguir pareciendo yo aunque sea otra con más extremidades, más bocas, más aberturas hacia lo infinito? ¿Asustaré a la gente con mi nuevo aspecto? ¿Alcanzaré un nuevo mundo a costa de perder el otro, el que tuve siempre? Pero nada de esto puede ser contestado si no me pongo en camino así que allá vamos, que la suerte me acompañe.
domingo, 17 de abril de 2011
Mañana
Las cosas, lo que sea que esté ocurriendo, están pasando ya, pero no lo sabemos y por eso no existe, o lo hace como una nube posible en la distancia, una estadística, una leyenda que pudiera ser pero de la que nadie tiene pruebas. Pero mañana, mañana, la probabilidad se convertirá en certeza, se parará el mundo para unos cuantos de nosotros, dejará de girar unos segundos o toda una eternidad, nos dará alas de seda y comenzaremos a suspirar aliviados o nos volverá de mármol y espanto.
Es extraño el poder tremendo que tienen las palabras, su modo de definirnos y cambiarnos, de movernos por dentro, de tambalearnos enteros. No hemos nacido para defendernos de su peso, para esquivarlas, no aprendemos a lucharlas en la escuela, sólo fingimos que no hemos sido alcanzados por su dureza, por su filo afilado y profundo, avergonzados de que algo tan pequeño que no se puede coger con las manos sea capaz de dolernos tanto.
Mañana me levantaré y probablemente salga el sol iluminándolo todo, mañana desayunaré como todos los días y me arreglaré para ir a trabajar. Mañana cogeré el coche e iré a donde debo, y trabajaré en mi trabajo extraño de todos los días. Mañana volveré a casa para hacer la comida, y nos sentaremos a la mesa para charlar entre bocado y bocado, para contarnos nuestro día. Mañana volveré al trabajo y más tarde al taller, y es posible que olvide durante todo el día que es mi cumpleaños. Es verdad, mañana será un día como cualquier otro, pero mañana, para mí, para los que quiero, puede que cambie el mundo.
sábado, 9 de abril de 2011
Encrucijadas
Porque lo otro, la luz, la vida, la risa, necesitan otras vías, otras trochas, otras músicas que no tengo, requieren esfuerzo y perseverancia, la misma que he estado empleando para hundirme en la miseria, para bucear en esta oscuridad tan profunda. No se improvisa otra vida de la noche a la mañana, en un segundo o con un acto de voluntad.
Así que cuando entra el sol por la ventana, cuando me da de lleno en la cara desde el lucernario del techo, me siento transportada a otro mundo, recuerdo que hay otro camino, incluso puedo imaginar en qué consiste y cómo recorrerlo. Hasta me siento tentada a hacerlo, me gusta esa otra persona que imagino, con la cara llena de sonrisa y los ojos brillantes, con la risa en la boca y el paso ligero.
Pero para llegar ahí hay que ponerse a caminar, para caminar hay que saber dónde empieza el camino, hay que dejar que los ojos se desprendan de lo conocido y comiencen a buscar otros agarraderos, hay que tener la voluntad de aflojar los músculos de la cara y las manos, hay que soltar las piernas, vigilarlas, tutelarlas para que no vuelvan a las sendas que conocen de memoria. Y de momento no tengo fuerzas para ello.
Lo bueno: ahora sí sé que hay otra vía, otra manera, otro camino. Un día no muy lejano me decidiré y caminaré por los campos soleados, en medio de las pequeñas flores silvestres que crecen solas en los pastos, con la luz en la cara y la risa en los labios. Te lo prometo.
jueves, 7 de abril de 2011
Grito
Quisiera disimular pero resulta imposible, mi cuerpo sigue ahí pero el resto de mí vive en esa hoguera invisible en la que me debato. A veces alimentándola, a veces intentando apagarla sin resultado alguno. Y es extraño sentir que he dejado de ser yo, que tengo un vestido puesto encima del que podría desprenderme si encontrara las aberturas, los lugares por donde pasan la cabeza y los brazos.
Me gustaría ser otra en ese instante, alguien más distante, alguien con más mundo, alguien capaz de reirse de las tonterías, de eliminar la injusticia, alguien con la fuerza suficiente para modular lo que pasa dentro suyo, alguien más alto, más fuerte, más vivido, más serpiente.
Llevo muchos años conmigo y todavía me sigue trastornando este descenso súbito al desasosiego, esta rabia sorda casi sin motivo, esta tristeza enorme que sobreviene luego por no haber hecho lo que el cuerpo me pedía. Porque si por mi fuera sacaría las llamas de dentro afuera e incendiaría el mundo entero, atravesaría con mis palabras los corazones hasta dejarlos muertos, paralizaría a los pájaros en pleno vuelo y marchitaría las flores con mi mirada. Gritaría, gritaría tan fuerte que estallarían las ruedas de los coches, y aparecerían fisuras en lo edificios, y se abrirían simas en medio de las plazas y en los patios de los colegios. Y así conseguiría que todo parara por un minuto, un solo minuto, el tiempo suficiente para que llegaras tú y me abrazaras, para que me calmaras con tu sonrisa tranquila, con tus besos salados, para que me dijeras al oído mientras me meces despacio esas palabras pequeñas que se dicen a los niños cuando tienen miedo.
jueves, 31 de marzo de 2011
Lo que el ojo no ve
Brilla el sol en lo alto, parece que nada ha ocurrido pero no es cierto. Con una sola palabra todo es distinto, todo ha cambiado, de un modo sutil, de un modo maligno, todo es distinto. Camino por los lugares de siempre con el miedo de dar de repente con una parte blanda del suelo que me hará tropezar y caer, que incluso podría tragarme entera. No me atrevo a apoyarme en las fachadas de los edificios por lo mismo, cualquiera de ellos podría haberse convertido en una ilusión, podría tragarme, engullirme del todo, hacerme desaparecer en medio del gentío.
Sonrío, todo el mundo sonríe, los pájaros, inexplicablemente, siguen piando por la mañana, y el sol sigue saliendo com si nada. Hacemos compras, preparamos la comida, decidimos convivir con la suciedad del suelo, hacemos las camas y ponemos lavadoras, miramos la televisión, comemos, comemos mucho...y reímos todo el tiempo, lanzando cables bajo las sonrisas para que los otros encuentren un lugar donde amarrarse, para salvarnos todos juntos, para decirnos que nos queremos y que nos tenemos, para acompañarnos en el miedo y a zozobra.
Todo sigue igual pero todo es distinto. Todo cambió con una llamada de teléfono, con la poca información que cabe en una inspiración, con una sola palabra que se repite todo el tiempo en mi cabeza como un mantra volviéndolo todo blando, todo hermoso, y traicionero, y blando, y peligroso, todo efímero y terrible.
domingo, 20 de marzo de 2011
Angel
Alarga el brazo para acariciar despacito mi mano, recordándome sin palabras que hay un mundo ahí fuera, se sienta a mi lado para ofrecerme un pañuelo cuando lo necesito, y nos reímos juntas en medio de mis lágrimas de tanta pesadumbre, de tanto sentimiento sin razones obvias. No importa el tiempo, con ella nunca importa el tiempo, no tiene prisa, está aquí, eso le basta, parece bastarle: mirarme, tocarme despacio la mano, sonreír, viajar conmigo por lo que siento sin dejarse llevar del todo, para que una de las dos haga de ancla, para recordarme el camino de vuelta a casa.
Me quiere, eso me salva, me quiere de cualquier manera, no espera que cambie, no me pide que mejore , no me dice que he hecho mal. Sencillamente me mira y sé que me quiere. No sé por qué, no sé qué vio en mí ni por qué está conmigo, no sé cómo pude vivir sin ella hasta ahora.
Mi ángel Gabriel.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Espejo
Se acercó a mí y me besó levemente en los labios y me dí cuenta de la falta terrible que me había hecho ese beso. Le pedí sin palabras que me abrazara y se acercó despacio, casi con timidez, la misma que sentía yo, y puso su mano caliente en mi pecho. Yo toqué su rostro con reverencia, acaricié su mejilla, pasando el dedo desde la sien al mentón, reconociendo su cara, maravillada de no haber apreciado antes su belleza, . Ella sonrió más abiertamente y, colocando los brazos en torno a mi cuello, me besó profundamente. Luego se separó de mi ligeramente para mirarme a los ojos, sonriendo siempre, volviendo a poner la palma de su mano sobre mi pecho.
Y de repente noté que estaba tumbada de espaldas en medio de esa luz de paz, con los brazos en cruz, y que en cada una de mis manos tenía una fruta, una naranja quizá, o una granada, y de mi corazón brotaba una planta verde tan etérea que era casi transparente. Sentía tanta paz, tanta alegría, tanta serenidad que me hubiera quedado allí una eternidad. Pero no pudo ser.
Fuimos juntas a la ducha, y todo era igual pero distinto, nuevo, profundo, todo era tan lento, tan hermoso...Y de su mano recordé lo buena que es el agua caliente, y la sensación de estar rodeada de piel, y la maravilla del contraste con el frío de fuera. Y la calma infinita de moverme despacio, de estar callada, las dos solas en medio de una multitud de mujeres charlando, juntas, cogidas de la mano y mirándonos a los ojos todo el tiempo. Y la sensación de liviandad, de alivio que ella me procura con solo mirarme, y la certeza de estar donde debo estar, de que con ella estaré siempre en casa.
Desde entonces esa mujer hermosa me acompaña todo el tiempo, está detrás mío leyendo lo que escribo, me abraza y me consuela, me dice que no estoy sola, que nunca estoy sola. Y sonríe todo el tiempo. Eso y su calor son lo mejor de todo.
viernes, 11 de marzo de 2011
No te muevas
viernes, 4 de marzo de 2011
Puertas que se cierran
miércoles, 2 de marzo de 2011
Intangible
martes, 1 de marzo de 2011
Invalidez y letargo
Mi corazón deshilachado
lunes, 28 de febrero de 2011
Palabras
martes, 15 de febrero de 2011
La tierra del olvido
jueves, 10 de febrero de 2011
Sol
viernes, 4 de febrero de 2011
Un guardián en la noche
miércoles, 2 de febrero de 2011
Constructores
domingo, 30 de enero de 2011
La insoportable levedad del ser
miércoles, 26 de enero de 2011
En paralelo
Va con ella a todas partes, la acompaña todo el tiempo, incluso en las cosas más aburridas, más cotidianas, las más normales y corrientes. Ella le va contando lo que ven, le explica el mundo, ríen con los problemas que da manejar una lengua que no es la propia.
El es un hombre hermoso, no a la manera obvia, nadie se vuelve a su paso, es de ese tipo de gente en el que tienes que fijarte dos veces para apreciar su atractivo. Porque lo tiene, ella lo sabe, le ha visto desnudo, y desafiante, y asustado, y enfadado, y obcecado, le ha visto como no ha visto nunca a ningún hombre de su entorno. Y no, no se han acostado.
Cuando está con el se siente otra, se siente por fuera la que sabe que es por dentro, o una de las muchas que ella es al menos, una menos madre, menos despeinada o agobiada, una con una vida digna de ser mirada. Y eso es lo que él hace constantemente, mirar su vida, escucharla sin juzgar, preguntar para que ella pueda explicarse a sí misma de nuevo, para recolocar el pasado y el presente, aunque esta vez en otro idioma. Pero a ella le gusta la dificultad, el tener que buscar cada palabra le ayuda a ser más clara, más concisa, le permite pensar entre frase y frase.
Así le ha contado a él, que la mira con esos ojos de un azul imposible (ojos que a veces parecen cambiar de color, que fingen ser menos apabullantes de lo que son, un reflejo quizá de su personalidad, tan considerado siempre con los otros), le ha contado cosas que no le ha dicho a nadie, se ha permitido lamentos y tristezas que no se pueden enseñar a los que quieres porque les hieres. También le ha explicado los lugares por los que pasan, la bahía, las calles, el colegio, las palmeras, y eso hace que ella misma vuelva a mirarlos con ojos nuevos, que redescubra sus portentos, enmascarados por las prisas y la costumbre.
A ella le gustaría tocarle, contemplar su cara detenidamente, verle sonreír, le gustaría poder parar el coche en cualquier cuneta para mirarle de frente y no sólo por el espejo retrovisor o de reojo mientras conduce. Pero como no puede se dedica a saborear cada una de las inflexiones de esa preciosa voz grave que tiene, de su capacidad para la risa, de sus silencios pensativos cuando la escucha con la cabeza ligeramente ladeada.
Luego llega a casa y él desaparece, o se esconde detrás suyo fingiendo no estar todo el tiempo con ella. Y de vez en cuando le muestra sus ojos en una mueca burlona desde la esquina del salón, o dentro del armario, o al salir del cuarto de baño, y ella se siente confusa, no sabe cómo conciliar esa vida imaginaria con la real, no sabe ni siquiera si está bien tener esa vida de mentira que tanta energía le requiere. Y le gustaría poder convocarlo en sueños, hacer que se le aparezca mientras duerme, en ese mundo donde todo está permitido, donde no tienes responsabilidad ninguna por lo que ocurre. Y allí sí, tocarlo por fin, besarlo y desnudarlo despacio mientras siente su manos acariciando su cuerpo.
martes, 18 de enero de 2011
Serpientes
Las chiribitas extrañas que habitan mi pecho están hoy de fiesta, se mueven, bailan, me marean con sus siseos imperceptibles en mi oreja. Por un lado las voces de la cordura recomendando paciencia, por otro las del optimismo infundado pintando cuadros de amaneceres infinitos y alas de angel colgadas de mi espalda. Están también las voces negras que vierten veneno en mi oido, que me dicen "estás muerta, nada va a cambiar, porque los muertos no cambian", esas arpías que se rien de mis intentos de sonrisa, que festejan mis nubes como un modo de ceguera, que esperan que pierda el equilibrio, que no aguante arriba del alambre, mirando hacia arriba, esperando, esperando todo el tiempo con los brazos abiertos a que caiga hacia ellas para devorarme.
Y no sé cómo les hago el juego ni cómo puedo combatirlas, no distingo el método, no sé qué precodimientos las favorecen y cuales las neutralizan. Intento mantener mi fachada de mujer eficiente, y supongo que para los deconocidos lo hago muy bien, pero los míos me conocen, me saben, me descubren enseguida.
Y la incetidumbre, ahora lo sé, se contagia. El miedo, la desesperación, este estar en tierra de nadie. Toma otras razones, se adapta a cada cuerpo, a cada vida, pero se contagia.Y de repente, en la casa crecen las enredadres tapándolo todo, haciendo intransitables los caminos más sencillos, y discutimos por nada, y todos tenemos ganas de llorar por tonterías...y todos estamos asustados de que alguien sucumba y comience a llorar porque el resto caériamos detrás como fichas de dominó, y alguien debe mantener la calma, alguien debe seguir cuidando el fuerte, o eso se supone, hay gente que proteger, y guiar, y ayudar. Sería de risa si no fuera tan absurdo.
Me voy de viaje, a ver si fuera de mí me encuentro, si haciendo algo distinto (¿algo distinto?) me reconozco y me calmo, y consigo escribirte algo sin peso, algo liviano, algo de diario por la noche, no una peli de arte y ensayo.
lunes, 17 de enero de 2011
Luz
No sale nunca de la casa, aunque tiene ganas. Se dedica a mirar por las ventanas el paisaje dibujado más allá: las montañas lejanas y cambiantes, a veces violetas, a veces tan nítidas que se podrían tocar con la mano, a veces invisibles por la calima o la niebla; el río, audible desde la casa cuando abre las ventanas, cuyo brillo se ve entre los árboles; el camino de entrada, desdibujado por la falta de pies que lo definan, los arbustos, las flores que nacen por todas partes en primavera...
A veces se imagina caminando, alejándose de la casa con paso tranquilo para llegar hasta el río y tocar su agua, probarla para ver a qué sabe, quien la habita, o seguir caminando y caminando hasta perder la casa de vista, descubrir el mundo, mirar otras casas, otros ojos que no sean los suyos. Sabe que tiene la fuerza para hacerlo, lo nota en sus piernas y en su sexo, sabe que está rodeada de luz.
Pero cada vez que se decide, cada vez que alarga la mano hacia la puerta, una serpiente enorme amenaza con salir desde su garganta por su boca, una serpiente gris interminable que podría ahogarla sijn esfuerzo, sólo con su deslizarse por su traquea para alcanzar la salida de su cuerpo. Y cuando no es la serpiente, nota cómo la luz que la rodea se incendia, se extiende hasta lamer las paredes de la casa dejándola ciega, parece tener la potencia suficiente como para quemar el mundo entero con ella dentro. Así que deja caer la mano temblando, da la vuelta y se sienta de nuevo en su cómodo sillón frente a la ventana, imaginando que si se atreviera por fin, quizá descubriría que la serpiente sólo quiere mostrarle en camino, o que la luz lo incendia todo para volverlo nuevo y deslumbrante. Pero no está segura.
domingo, 16 de enero de 2011
Mentiras
No hago las cosas como deben hacerse, esta es la verdad, no voy a negarlo. Pero ¿sabes qué? Dejarlo todo para el último momento, jugar de este modo con el peligro, ponerme pruebas de este calibre, me excita.
Cuando hago esto parezco la misma de siempre pero no es cierto, lo acabo de descubrir al pasar frente a la ventana grande del dormitorio. Porque lo que he visto en el reflejo no ha sido una mujer vestida de domingo casero con el pelo retirado de la cara con una cinta naranja. Allí, al otro lado, estaba yo vestida con un hermoso y ceñido vestido negro, un maquillaje deslumbrante y perfecto y el cabello recogido en uno de esos moños que deberían estar en cualquier museo de arte clásico. Y me he quedado de piedra, claro, me he enamorado de mi reflejo, que es una cosa que me pasa a veces (y a tí, no mientas).
¿Has visto a las polillas emborrachadas por la luz, atrapadas en su propia fascinación? Pues sin ser una polilla ni nada por el estilo (que yo sepa todavía no como lana, aunque me encanta ponérmela encima) me he quedado paralizada por esa mujer que me miraba asombrada. Y he comenzado a moverme despacio, observándome por todos los lados, admirada de mi cuerpo, de mi repentino estilo, de mi clase. No he podido evitar pensar que por fin se me notan los años pasados en un colegio de monjas, que se suponían que me iban a dar una cierta pátina de algo entre candoroso, mundano y provocativo que yo nunca había conseguido tener...hasta ahora.
He chasqueado los dedos y ha aparecido de la nada una boquilla larga de la que he aspirado dos caladas para hacerla desaparecer luego, no quiero quemar las sábanas, que por cierto han ascendido de categoría y ahora son de raso ¿negro? pues no estoy segura de su color, es lo que pasa con el blanco y negro, pero no importa, son tan suaves y tan sensuales que no he podido evitar recostarme lánguidamente sobre ellas para componer algunas sensuales imágenes que es una pena que no esté viendo nadie.
Pero la música se termina y el hechizo se rompe como una burbuja, dejándome tirada en la cama a todo color y con una cierta sensación de ridículo. Y la verdad es que todo sigue como estaba, las mismas dudas, las mismas pocas ganas de habitar la vida real con su montaña de detalles farragosos por solucionar, el mismo trabajo pendiente, la misma sensación de movimiento, de algo que bulle en el bajo vientre (qué eufemismo tan fino). Y es que, como dice Helen Merrill en la canción "Baby I'm not good to you", maybe I'm not good for you , o sea, para mí misma. Mal rollo.
martes, 11 de enero de 2011
Agua

Tengo que ir a tirar el reciclaje, hay cajas por abrir de las que sí se dónde colocar su contenido, hay cuentos que buscar y estudiar, e hilos argumentales que sacar de la nada, seguro que hay ropa que plachar y podría ponerme a intentar fregar los cacharros sin agua corriente. Hay muebles que montar, y textos que memorizar, hay sesiones que planificar, hay niños que recoger, que bañar, que vigilar para que hagan los deberes.
Pero ha aparecido un pozo artesiano de la nada, una fuente de enorme fuerza saliendo de mi pecho desde el fondo de la tierra, una tierra que no es exactamente la que pisamos, esa tierra cotidiana que nos sostiene sin pedir nada a cambio, sino aquella otra que sabe de lo que nosotros ni siquiera intuimos, la que nos vió nacer y nos verá morir, la que nos observa caminar benevolente mientras lo destrozamos todo. En algún lugar en el interior de esa tierra extraña hay un lago negro, profundo, hermoso y atemorizador donde se estanca en un agua helada toda la tristeza del mundo, la que tiene las razones más lógicas y la que no necesita de motivos para manifestarse. Y una mínima parte de toda ese agua infinita está brotando ahora de mi cuerpo, anclándome al dolor, haciéndome pesada y extraña, alejándome de la vida cotidiana.
Y la tristeza trae en marea un montón de preguntas acerca de mi propia vida que debieron quedarse enganchadas en algun lugar de mis entrañas y que ahora aparecen flotando en medio de este desastre de casa inundada, preguntas sobre el paso del tiempo y la arrugas, sobre la futilidad de la existencia, sobre los propósitos no cumplidos, sobre el sentido de la vida, de mi vida, sobre los dones reales o imaginarios y cómo se manifiestan, sobre la ceguera y el miedo, sobre la dirección, sobre el amor y la muerte. Y me ahogo es esta agua sucia que todo lo remueve, que me estropea los muebles, que descoloca las alfombras y se carga la tele, que mancha las paredes antes impolutas, que deshace las cajas que tanto me costó llenar, que desdibuja lo que sé que es cierto y me impide mirar el lugar en que estoy parada, que convierte en absurdo cualquier intento de actividad cotidiana.
Y si pudiera, si supiera, excavaría un hueco en mi pecho para taponar con mis propias manos este surtidor que me atraviesa, para sacar todos los hilos que tengo desordenados en el corazón, para estirarlos en el suelo, para gritarles, para bailarlos, para cantar de pena, para grabar mis idioteces, para convertirlos en algo que valga la pena, para volverme un robot eficiente porque los robots no duelen, para volver a ser quien soy aunque no sepa nombrarme.
Hace tiempo ví una fotografía de Gregory Crewdson de una Ofelia moderna, ahogada en el salón inundado de su casa, vestida con un mísero camisón blanco y aun así hermosa e inquietante como toda Ofelia que se precie. No me quiero convertir en Ofelia pero hay tanta tristeza en esta habitación que me resulta difícil nadar y nadar dando vueltas sobre mi misma, con la ropa pegada a mi cuerpo, buscando sin encontrar un lugar por dónde salvarme. Me pondría a llorar para no ahogarme como ella. Pero no quiero asustar a los niños.
lunes, 10 de enero de 2011
Bach.
En cuanto sonaron las primeras notas me quedé paralizada, como si me hubiera alcanzado un rayo, como si me estuvieran creciendo a toda velocidad raices que salían por cada poro de mi piel, como si hasta ese momento hubiera estado ciega y acabara de ver la luz por primera vez, como si me estuviera ahogando de pena en el fondo del mar. Luego me puse a llorar.
Todavía no entiendo de dónde sacó Bach algo así, qué clase de persona era para inventar una melodía con semejante poder, si la compuso después de mucho esfuerzo, o fue algo rutinario y no le dió niguna importancia, o si sintió como si ya la supiera antes de escribirla. No entiendo tampoco cómo algo escrito por un señor que llevaba peluca, que no conocía la luz eléctrica, alguien para quien mi mundo sería una verdadera locura, cómo esta persona con la que estoy prácticamente segura que me sería imposible congeniar, es capaz de emocionarme hasta este punto.
Todavía cada vez que la escucho, conecto de manera inmediata y brutal con la tristeza, siento que se abre un canal desde mi cuerpo hasta ese lago profundo y oscuro que se aloja bajo mis pies, bajo los pies de cualquiera que sepa algo de orientación, el lago en el que reside la pena. Es un camino certero y seguro, una autopista que puedo frecuentar con sólo hacer sonar lo que Bach escribió sin pensar para nada en mí, en tí, en ninguno de los que ahora poblamos el mundo. Por eso elijo con cuidado el momento de escucharlo, mejor si estoy sola, si quiero sacar algo que me oprime, si quiero bucear un rato, si quiero sentir de verdad mi propio peso.
Pero a veces, como hoy, se me olvida y la pongo sin recordar que para mí es una llave y me asalta de nuevo la certeza de que cada nota de comienzo es una lágrima, de que voy a morir algún día, de que no hay pena suficiente para lamentar algunas cosas, de que todo es efímero y pasajero, de que nunca, nunca, podré ni siquiera imaginar cómo es tener un don tan increible para la música, para cualquier cosa, como el que tenía Bach. Y me pongo a llorar.
lunes, 3 de enero de 2011
Bucle
O sea, que me encuentro en Bollullo del Condado y pretendo estar en otro sitio, pero me dedico a estar en medio de la plaza del pueblo dándole vueltas al mapa, confusa, sin querer mirar el enorme cartel que hay en una esquina y que dice "SALIDA". ¿Y por qué? Porque si salgo de aquí tendré que ver unas cuantas cosas desagradables, la carretera de vuelta a casa es fea de cojones, hay baches, socavones en los que irremediablemente meteré el coche, me tocará empujar, rellenar los huecos de grava con la pala que llevo en el maletero, asumir que no he hecho el mantenimiento adecuado del motor y que por eso se calienta, tendré que subir montañas a veinte por hora y pasar susto bajándolas luego entre resbalones y curvas imposibles.
Sé que esto es una imagen, cabe la posibilidad de que el camino sea hermoso,de que entre tanto sobresalto pueda cazar algunas cosas dignas de ser vividas, una libélula desafiando el mundo de la realidad con su existencia, un brillo de agua entre los árboles, un hombre hermoso trabajando a un lado de la carretera, un café fragante en algún puesto del camino, una canción sorprendente en la radio del coche, un momento de paz dentro mío provocado por el movimiento...
Así que vale, estoy en un lugar conocido, haciendo algunas de las tonterías de siempre, pero puedo cambiarlo, puedo hacer algo nuevo, puedo abrir los ojos y mirar porque quizá, quizá, este sitio es sólo aparentemente el mismo, como cuando en los cuentos se te aparece una vieja repelente que te ayuda para acabar convirtiéndose ante tus ojos en un hada de belleza sobrecogedora. Vale, no pido tanto, no es cuestión de acabar en Disneylandia, sino de aprovechar la experiencia, de verla de verdad, de no vivir esto como si fuera el pasado, en cogerlo como lo que es, un momento irrepetible, un momento de cambio, un momento de lucha. Y yo he nacido para eso, para luchar, para algo soy una guerrera.
sábado, 1 de enero de 2011
Un año que comienza
Es decir que más bien celebramos despedidas en vez de bienvenidas, o celebramos una bienvenida superficial llena de propósitos hermosos que no pensamos cumplir, imaginando por un cuarto de hora una vida diferente que no pensamos hacer realidad, una vida que durará hasta que comiencen a sonar los cuartos, decimos adiós al año que se va sin prepararnos para el que comienza.
Se me ocurre a bote pronto, quizá porque estoy con resaca, claro, que sería hermoso lo contrario, planificar una especie de entrada al nuevo periodo que no suponga este saqueo de nuestras fuerzas, de nuestra capacidad de aguante, algo que tenga más que ver con sentarse y observar, dar gracias por lo que tenemos y lo que vendrá, saludar nuestro cuerpo y a la gente que nos acompaña en el camino, inventar alguna ceremonia que nos limpie de todo lo viejo que quedó inservible, de todo lo que todavía arrastramos del año anterior y que está obsoleto, sacudirnos viejas penas, viejos rencores, viejas melancolías para dar la bienvenida al año nuevo como se merece, sin ninguna expectativa, limpio, para que todo sea posible, para que todo pueda ocurrir.
Y eso es lo que me gustaría desearte, un año enorme y abierto, un año en el que cualquier cosa sea posible, un año de olas hermosas y de viento en la cara, un año para navegar, para celebrar la vida y sus aderezos, un año para disfrutar de ese cuerpo maravilloso que te acompaña todo el tiempo, y de los cuerpos, las miradas, las palabras, las manos de toda esa gente con la que te encontrarás estos 365 días, un año para la aventura y el misterio, para la felicidad de las pequeñas cosas, para el sosiego y la calma, para la mirada atenta y cariñosa, un año entero, enterito, para tí. Feliz 2011.